La tregua de diez días entre Israel y Líbano empieza a consolidarse con un elemento clave: la implicación directa del propio Estado libanés y la aceptación, aunque condicionada, de las milicias proiraníes que operan en su territorio. Hezbolá, actor determinante en el conflicto, ha dado señales de respaldo al alto el fuego impulsado por Estados Unidos, en coordinación con Teherán.
Este movimiento sitúa a Líbano en el centro del tablero geopolítico, no solo como escenario del conflicto, sino como pieza activa en su posible desescalada. Desde Beirut se insiste en la necesidad de que Israel respete estrictamente la tregua, mientras sobre el terreno persiste la tensión en el sur del país.
En paralelo, este giro abre una ventana diplomática más amplia. Washington y Teherán han intensificado contactos para avanzar hacia un entendimiento que permita estabilizar la región, con Líbano como uno de los puntos críticos del acuerdo. La mediación internacional busca transformar este alto el fuego en un primer paso hacia un proceso de paz más ambicioso. La tregua arranca en horas. La incógnita es si será solo una pausa o el inicio de algo más duradero.