A muchos nos pasa lo mismo. Vamos enlazando días, reuniones, decisiones y compromisos sin apenas levantar la cabeza. En el trabajo, en la empresa, en la vida personal. Siempre hay algo que hacer, algo que resolver, algo que mejorar. Y casi sin darnos cuenta, dejamos de preguntarnos si la forma en la que estamos haciendo las cosas nos está ayudando de verdad.
No porque lo estemos haciendo mal. Simplemente porque no paramos.
En la empresa, esto es muy común. Cuando un proyecto funciona “más o menos”, se mantiene. Cuando no da problemas graves, se sigue adelante. Y así, poco a poco, se acumulan procesos, hábitos y decisiones que nadie revisa porque “siempre se ha hecho así”.
En la vida personal ocurre exactamente lo mismo.
No parar también cansa
Hay un cansancio que no tiene que ver con trabajar mucho, sino con no saber muy bien hacia dónde se está yendo. Un cansancio que aparece cuando sentimos que avanzamos, pero sin la certeza de estar yendo en la dirección correcta.
A veces no hace falta una crisis para darse cuenta. Basta con una sensación difusa: la de estar siempre ocupados, pero no siempre satisfechos.
Parar un momento no es rendirse. Es escucharse.
Mirar con honestidad, sin juicio
Revisar lo que hacemos no debería dar miedo. No se trata de buscar errores ni de reprochar decisiones pasadas. Se trata de mirarlas con la perspectiva que da el tiempo.
En las empresas más sanas no se penaliza a quien propone cambiar algo que no funciona del todo. Al contrario: se valora. Porque mejorar no es empezar de cero, es ajustar lo que ya existe.
En la vida personal ocurre igual. Cambiar de opinión, de ritmo o de prioridades no es fracasar. Es aprender.
Hacer menos, pero con más sentido
Con el tiempo uno aprende que no todo lo que se puede hacer merece la pena hacerse. En la empresa, añadir capas de complejidad rara vez mejora los resultados. En la vida, intentar llegar a todo suele acabar agotándonos.
Simplificar no es renunciar. Es elegir.
Elegir en qué ponemos el tiempo, la energía y la atención. Y eso, aunque parezca pequeño, cambia mucho las cosas.
Una pregunta sencilla que lo ordena todo
De vez en cuando conviene hacerse una pregunta muy simple: ¿esto que estoy haciendo me está acercando a donde quiero estar?
No siempre la respuesta es clara. Y no pasa nada. Lo importante es hacerse la pregunta. Porque a partir de ahí, ajustar el rumbo suele ser más fácil de lo que pensamos.
Caminar mejor
Avanzar no siempre significa ir más rápido. A veces significa caminar mejor, con más conciencia y menos ruido.
Parar un momento para revisar no nos frena. Nos da dirección.
Y eso, tanto en la empresa como en la vida, suele marcar la diferencia.
Víctor Portugués Carrillo, Economista.