Pedro Sánchez vuelve a hacer lo que mejor ha aprendido a hacer durante estos años: sobrevivir. Pero esta vez la operación parece ir bastante más allá de resistir en La Moncloa. Se trata de conservar el control absoluto del PSOE, llegar vivo a las próximas elecciones, concentrar todo el voto posible de la izquierda y, después, volver a sacar la calculadora. Porque esa ha sido una de las grandes habilidades políticas de Sánchez: los números.
La reforma interna del PSOE, reforzando el peso de la militancia sobre la continuidad de su secretario general, vuelve a blindar precisamente el territorio en el que Sánchez construyó su poder. No debemos olvidar de dónde viene. Fue derribado por el aparato socialista, recurrió a las bases, derrotó al aparato y regresó a Ferraz. Solo que ahora existe una diferencia fundamental: Sánchez ya no lucha contra el aparato, Sánchez es el aparato. Y desde Ferraz comienza a dibujarse una operación que tiene bastante lógica electoral ante la posibilidad de un adelanto: recuperar todo el espacio situado a la izquierda del PSOE. Dicho de otra manera, comerse a quienes hasta ayer necesitaba para sobrevivir.
Sumar, Podemos y compañía han servido para construir mayorías, investiduras y legislaturas. Han sido compañeros imprescindibles mientras sus diputados resultaban necesarios. Pero en unas elecciones dejan de ser únicamente socios y pasan a ser también competencia. Si el PSOE consigue recuperar una parte importante de esos votos, puede reducirlos a la mínima expresión y presentarse nuevamente como la única alternativa viable de la izquierda española. Después vendrán los números, Esquerra, los nacionalistas, los independentistas y quien resulte necesario, porque Sánchez ha demostrado que no necesita necesariamente ganar unas elecciones para gobernar.
Y aquí conviene ser rigurosos con su historial electoral. Pedro Sánchez ha encabezado al PSOE en cinco elecciones generales. Perdió frente a Mariano Rajoy en 2015 y 2016, fue la fuerza más votada en las dos elecciones generales de 2019 y en 2023 volvió a quedar segundo, esta vez por detrás del Partido Popular de Alberto Núñez Feijóo. Dos victorias electorales de cinco intentos. Pero existe algo políticamente mucho más significativo: después de perder las elecciones de 2023 consiguió continuar siendo presidente del Gobierno. Ahí está una de las claves para entender a Sánchez. Para él, la noche electoral no termina cuando se cuentan los votos, sino cuando se cuentan los diputados. Y son cosas muy diferentes.
Por eso la operación que puede estar preparando Ferraz no consiste necesariamente en conseguir una mayoría suficiente para gobernar en solitario, algo que hoy parece extraordinariamente complicado. Consiste en llegar primero dentro de su bloque, vaciar todo lo posible el espacio situado a su izquierda, concentrar el voto, resistir y después sumar. Para conseguirlo vuelve, además, un argumento que conocemos perfectamente: que viene la ultraderecha, que viene la derecha, que viene el coco. Después de ocho años, una parte importante del discurso político vuelve al mismo lugar: el miedo como movilización electoral, como argumento y como pegamento de un electorado que quizá tenga pocos motivos para entusiasmarse con quien gobierna, pero al que se intenta convencer de que tendrá muchos motivos para temer a quien puede sustituirlo.
El problema es que una democracia no debería reducir permanentemente sus elecciones a votar contra alguien. Una parte de los ciudadanos también ha entrado en ese juego. Mientras unos votan porque “viene la ultraderecha”, otros lo hacen exclusivamente porque “hay que echar a Sánchez”. Y entre unos y otros queda cada vez más arrinconada la pregunta verdaderamente importante: qué proyecto tienen unos y otros para España.
Tampoco sabemos si habrá adelanto electoral y conviene dejarlo claro. Las elecciones no están convocadas, aunque ahora mismo prácticamente todos los pasillos políticos hablan de ellas. En Madrid se hacen cálculos, se estudian fechas, se observan encuestas y se empieza a colocar a cada uno en posición de salida. Y aquí aparece una paradoja extraordinaria: si finalmente Sánchez adelantara las elecciones durante los primeros meses de 2027, estaríamos hablando de un adelanto relativamente pequeño respecto al final natural de una legislatura surgida de las generales de julio de 2023. Muchísimo ruido para adelantar quizá unos meses.
Pero el verdadero problema no es cuándo se celebran las elecciones, sino todo lo que ocurre hasta entonces. España corre el riesgo de permanecer durante meses instalada en una campaña electoral que oficialmente nadie reconoce y eso provoca una peligrosa indolencia de gestión. Gobierno y oposición empiezan a pensar en candidatos, encuestas, circunscripciones, listas, estrategias y argumentarios. El PSOE piensa en conservar La Moncloa, el PP en conquistarla, Sumar y Podemos en sobrevivir y los nacionalistas calculan cuánto pueden valer sus diputados. Mientras todos hacen números, millones de españoles siguen levantándose cada mañana esperando que alguien gestione los problemas de un país que no puede ponerse en pausa porque Ferraz esté haciendo cuentas electorales, pero tampoco porque Génova esté haciendo las suyas.
Porque aquí no existe únicamente una responsabilidad del Gobierno. También existe una preocupante degradación de la oposición, y sucede en todas partes. El PP ejerce la oposición frente al Gobierno de Sánchez y demasiadas veces la política consiste simplemente en esperar el error, amplificarlo y desgastar. Pero el PSOE hace exactamente lo mismo allí donde gobierna el Partido Popular. Cambian las siglas, cambia el Gobierno y cambia la oposición, pero el mecanismo permanece intacto: insulto, desgaste, titular, redes sociales y vuelta a empezar.
Eso no es hacer oposición. Hacer oposición significa decirle al ciudadano que una determinada decisión está mal, presentar una alternativa, explicar cuánto cuesta, cómo puede financiarse y cuáles serán sus consecuencias. Eso es presentar un proyecto político. Lo otro es instalarse en la promesa vacía y en el desgaste del adversario, cuando España tiene demasiados problemas reales para continuar permanentemente en campaña electoral.
Lo hemos visto durante estos años. Ceuta, Canarias y la inmigración, La Palma y las consecuencias de una erupción volcánica que destruyó viviendas, negocios y proyectos de vida son algunos nombres propios, pero podríamos añadir muchos más. Demasiadas veces la política española ha sustituido gestionar por parchear. Aparece el problema, se declara la emergencia, comparece alguien, se anuncia dinero, se promete una solución, se coloca el parche y esperamos al siguiente incendio. Después nos enseñan la macroeconomía y resulta que España va bien.
Magnífico, pero existe otra España. Es la que entra cada semana en un supermercado y compara cuánto podía comprar hace cinco años y cuánto compra ahora, la que paga un alquiler, la que intenta conseguir una hipoteca, la que observa los tipos de interés y el precio del dinero, la que descubre que comprar una vivienda antes de los 40 años empieza a parecer una hazaña y que para muchos la estabilidad necesaria para planteárselo llega a los 45 o 46. Es la España que paga electricidad, combustible, comida, seguros e impuestos. Esa es también la economía real. La macroeconomía puede explicar muchas cosas, pero no llena la nevera, y existe una distancia cada vez mayor entre las estadísticas que escucha el ciudadano y la vida que experimenta cuando llega el día 25 de cada mes. Mientras tanto, buena parte de nuestros políticos vive en otra realidad: la de la siguiente encuesta.
Y en medio de todo esto aparece Canarias, porque aquí ocurre algo que llama poderosamente la atención. Mientras Pedro Sánchez y el PSOE nacional atraviesan una situación política extraordinariamente complicada, los sondeos que se manejan en nuestra comunidad autónoma dibujan un escenario diferente. Las estimaciones colocan al PSOE de Ángel Víctor Torres alrededor de una veintena de diputados y con posibilidades de volver a convertirse en la fuerza más votada de Canarias. Sorprende, porque significaría que una parte importante del electorado canario está diferenciando entre el PSOE de Canarias y el PSOE que gobierna España o, sencillamente, que el desgaste de Sánchez no está penetrando en las Islas con la misma intensidad.
Y todo ello después de una legislatura en la que Canarias ha mantenido importantes enfrentamientos con Madrid por asuntos como la migración, los menores, la financiación, las infraestructuras o la reconstrucción de La Palma, además de esa sensación recurrente de que los problemas de las Islas solamente alcanzan dimensión nacional cuando la situación ya resulta imposible de esconder. Sin embargo, los números son los números y, si finalmente las urnas confirmaran esa tendencia, Ángel Víctor Torres podría volver a encabezar la fuerza política más votada de Canarias. Otra cosa completamente distinta sería gobernar, porque ganar no siempre significa gobernar y de eso Pedro Sánchez sabe bastante.
Aquí llegamos al verdadero dilema del PSOE: qué está dispuesto a sacrificar Ferraz para conservar el cuartel general. Porque el PSOE no es únicamente Pedro Sánchez. El PSOE son alcaldes, concejales, presidentes provinciales, organizaciones insulares, diputados autonómicos, gobiernos municipales y miles de militantes y cargos públicos que tendrán que presentarse delante de sus vecinos mucho después de que termine una rueda de prensa en La Moncloa. Esa es la infantería del partido y existe un peligro evidente: quemar toda la infantería para salvar el cuartel general.
Determinadas decisiones tomadas en Madrid pueden tener un precio enorme a cientos o miles de kilómetros de Ferraz, pero si el objetivo prioritario es mantener la Presidencia del Gobierno, todo lo demás puede terminar convirtiéndose en secundario. Sánchez lo quema todo para salvarse: a sus socios si dejan de ser necesarios, a la izquierda si puede absorberla, a las federaciones si resulta electoralmente conveniente y a los dirigentes territoriales si el coste de protegerlos compromete la estrategia nacional. La prioridad parece bastante clara: primero conservar el control del PSOE, después intentar ganar y, si no se gana, sumar. La Moncloa, al final, bien puede valer un PSOE.
Sánchez ha sobrevivido prácticamente a todo: a una rebelión interna de su partido, a su salida de la Secretaría General, a unas primarias contra el aparato, a mociones, a una pandemia, a sucesivas crisis económicas y políticas y hasta a perder unas elecciones generales y continuar gobernando. Su famoso Manual de resistencia no era únicamente el título de un libro, sino una forma de entender el poder. Por eso nadie debería subestimar a Pedro Sánchez, ni sus movimientos, ni su capacidad para encontrar una mayoría donde aparentemente no existe, ni tampoco su disposición a llevar al PSOE hasta donde considere necesario para continuar.
Puede que haya elecciones anticipadas o puede que no. Pero existe algo bastante más preocupante: España ya empieza a comportarse como si las hubiera. Cuando todo un sistema político comienza a pensar más en las próximas elecciones que en el próximo Consejo de Ministros, en el próximo pleno autonómico o en el próximo problema que tiene que resolver, quien pierde no es Sánchez, tampoco Feijóo, Sumar o Podemos. Pierde el ciudadano, porque el ciudadano no vive de mítines, no paga la hipoteca con encuestas, no llena la nevera con argumentarios, no compra una vivienda con promesas y no puede esperar a que terminen las elecciones para que alguien vuelva a gestionar.
Quizá ese sea el verdadero drama político de España. Estamos demasiado ocupados discutiendo quién gobernará mañana mientras demasiados han dejado de preocuparse por gobernar hoy. Mientras tanto, Ferraz hace números, los socios miran de reojo, las federaciones contienen la respiración, la infantería espera y Sánchez resiste. Porque cuando el objetivo consiste en conservar el poder, siempre existe la tentación de sacrificar las piezas que están alrededor. Solo que esta vez puede que decidan quemar directamente el tablero.
Y eso sí que es Heavy Metal.
