‘¿Quién va a cuidar de quienes nos cuidaron?’, por Víctor Portugués

Canarias está envejeciendo y todavía no hemos asumido lo que eso significa para nuestras familias, nuestras empresas y nuestra economía. Quizá haya llegado el momento de entender que cuidar también es construir futuro.

Hay una situación que seguramente muchos hemos vivido de cerca.

Una llamada en mitad de la jornada de trabajo. Tu padre se ha caído, tu madre tiene una cita médica o, sencillamente, ha llegado el momento en que alguno de los dos ya no puede quedarse solo en casa.

Al principio, la familia se organiza. Uno se encarga de llevarlo al médico, otro hace la compra y alguien pasa por casa al terminar de trabajar. Se cambian horarios, se utilizan días de vacaciones y se intenta llegar a todo.

Hasta que llega un momento en que ya no se puede. Y entonces alguien tiene que tomar una decisión.

Casi siempre es la misma persona. Con frecuencia, una mujer que lleva toda su vida trabajando y que, cuando empezaba a disfrutar de cierta estabilidad profesional, se encuentra con que tiene que reducir su jornada o incluso dejar su empleo.

No porque quiera trabajar menos. Simplemente porque alguien tiene que cuidar.

Creo que todos conocemos alguna historia parecida. Quizá por eso me sorprende que hablemos tan poco de este asunto cuando debatimos sobre el futuro económico de Canarias.Nos preocupan el crecimiento, el empleo, la productividad, las inversiones y la competitividad. Y hacemos bien. Pero hay una realidad que va a influir cada vez más en todas esas cuestiones y que todavía tratamos casi exclusivamente como un problema familiar o asistencial.

¿Quién va a cuidar de quienes nos cuidaron?

Y, sobre todo, ¿cómo vamos a conseguir que hacerlo no obligue a sus hijos a renunciar a su propio futuro?

Un problema que ya tenemos en casa

Los últimos datos sobre dependencia en Canarias nos hablan de más de 90.000 solicitudes y de miles de personas que todavía esperan recibir prestaciones reconocidas. Pero hay una cifra que me parece especialmente significativa: aproximadamente tres de cada cuatro personas cuidadoras registradas son mujeres.

Detrás de ese dato hay madres, hijas, hermanas y esposas que están asumiendo una responsabilidad enorme, muchas veces a costa de su propia vida profesional. Y también hay hombres que cuidan, familias que se organizan como pueden y personas mayores que sienten que se están convirtiendo en una carga para sus hijos.

No deberíamos aceptar que esa sea la consecuencia inevitable de vivir más años. Porque vivir más es una buena noticia. Probablemente, una de las mejores que nos ha traído el progreso. El problema es que nuestra sociedad no se está organizando con la misma rapidez con la que está envejeciendo.

Y eso tiene consecuencias que van mucho más allá de los servicios sociales. Cuando una persona abandona su empleo para cuidar, pierde ingresos, oportunidades profesionales y cotizaciones. Su empresa pierde experiencia y conocimiento. Y la familia puede terminar teniendo menos recursos precisamente cuando más los necesita.

El cuidado tiene un enorme valor, aunque buena parte de ese valor no aparezca en ninguna estadística económica. Quizá deberíamos empezar por reconocerlo.

No podemos pedir a las familias que lleguen a todo

Durante muchos años hemos dado por hecho que las familias resolverían estas situaciones. Y, en gran medida, lo han hecho. Pero las familias de hoy no son las mismas que las de hace treinta años.

Los hijos trabajan, viven en otros municipios o incluso en otras islas. Los hogares son más pequeños. Hay más personas que viven solas y muchas parejas necesitan dos salarios para mantener su economía familiar.

Sin embargo, seguimos organizando buena parte de los cuidados como si siempre hubiera alguien disponible en casa. No lo hay. Y cuando lo hay, casi nunca nos preguntamos a qué está renunciando esa persona.

Creo que aquí tenemos una responsabilidad compartida. Las administraciones deben garantizar una atención adecuada, pero también necesitamos empresas, profesionales, tecnología y servicios que ayuden a las familias.

No se trata de sustituir el cariño de un hijo por un servicio profesional.

Se trata de que ese hijo pueda seguir siendo hijo, en lugar de verse obligado a convertirse en cuidador a tiempo completo, enfermero, gestor administrativo y responsable de todas las necesidades de sus padres. Acompañar a nuestros mayores debería ser compatible con seguir teniendo una vida propia.

Aquí también hay una oportunidad económica

Cuando hablamos del envejecimiento solemos pensar en pensiones, sanidad, residencias y gasto público. Es comprensible, pero creo que nos estamos quedando con una parte de la historia. En los próximos años vamos a necesitar muchos más profesionales de atención domiciliaria, enfermería, fisioterapia, rehabilitación y asistencia personal.

También harán falta empresas que adapten viviendas, desarrollen tecnologías para facilitar la autonomía, preparen alimentación especializada y ofrezcan servicios de transporte y acompañamiento. Y necesitaremos profesionales capaces de coordinar todos esos servicios para que las familias no tengan que pasar el día llamando de un sitio a otro.

Todo eso genera actividad económica. Pero, sobre todo, responde a necesidades reales de nuestra sociedad. Canarias tiene la oportunidad de desarrollar un sector de los cuidados que genere empleo estable, atraiga inversión e incorpore tecnología. Y que lo haga sin perder de vista lo esencial: estamos hablando de personas.

No quisiera que termináramos convirtiendo el envejecimiento en otro mercado donde únicamente importen las cifras de facturación. Precisamente porque hablamos de personas vulnerables, necesitamos empresas solventes, profesionales bien preparados y servicios de calidad. Y tenemos que conseguir que quienes trabajan cuidando también puedan construir su propio futuro.

No sería razonable levantar toda una nueva actividad económica sobre empleos mal pagados y condiciones precarias.

Empezaría por algo bastante sencillo

Antes de anunciar grandes estrategias, me gustaría saber exactamente qué necesitamos y dónde. ¿Cuántas personas mayores viven solas en cada municipio? ¿Cuántas necesitan ayuda para hacer la compra, acudir al médico o realizar las tareas cotidianas? ¿Cuántas familias tienen que desplazarse diariamente para atender a sus padres? ¿Cuántas personas han reducido su jornada o abandonado su trabajo para cuidar?

Con esa información elaboraría un mapa de necesidades de cuidados de Canarias. Isla por isla. Municipio por municipio.Y a partir de ahí pondría en marcha un programa específico de formación y empleo, diseñado con las empresas, los servicios sociosanitarios y los centros de Formación Profesional.

Porque sabemos que vamos a necesitar profesionales. Lo que no tiene sentido es esperar a que la falta de personal sea todavía mayor para empezar a formarlos. Además, hay una oportunidad para muchos jóvenes que buscan una profesión con futuro y para personas que quieren reincorporarse al mercado laboral.

Eso sí, debemos ofrecerles algo más que un curso y un contrato temporal. Necesitan formación, estabilidad, salarios adecuados y posibilidades de progresar. Cuidar bien exige profesionales que también se sientan cuidados.

También necesitamos empresas que entiendan lo que está pasando

Hay otra cuestión sobre la que me gustaría abrir un debate.Durante años hemos hablado mucho de conciliación para atender a nuestros hijos. Sin embargo, apenas estamos empezando a hablar de conciliación para cuidar de nuestros padres. Y cada vez habrá más trabajadores que tengan que hacer ambas cosas.

Imaginemos una empresa que lleva veinte años contando con una trabajadora experimentada. Conoce el negocio, a sus clientes y a sus compañeros. De repente, su padre empieza a necesitar atención diaria. ¿De verdad la única solución que podemos ofrecerle es reducir su jornada o marcharse? Creo que podemos hacerlo mejor.

Propondría un programa voluntario para ayudar a las empresas canarias a desarrollar medidas de conciliación relacionadas con los cuidados: flexibilidad cuando el puesto lo permita, reorganización de horarios, información sobre servicios asistenciales y acuerdos con empresas especializadas.

Soy consciente de que una pequeña industria, un comercio o una empresa de transporte no pueden organizarse igual que una oficina. Por eso no plantearía nuevas obligaciones generales que terminen complicando la actividad de nuestras pymes. Buscaría fórmulas adaptadas, incentivos y servicios compartidos. Porque conservar a un buen trabajador también tiene un valor económico.

Y porque nadie debería sentir que tiene que elegir entre ser un buen profesional y atender a su familia.

Nuestros mayores quieren seguir viviendo en sus casas

Hay algo que escucho con frecuencia cuando hablo con personas mayores. Quieren seguir viviendo en su casa.Quieren mantener sus costumbres, ir al mismo comercio, saludar a sus vecinos y continuar formando parte de su barrio. No quieren perder su independencia antes de que sea estrictamente necesario.

Y creo que deberíamos prestarles más atención.

Por supuesto que necesitamos residencias y centros especializados. Pero también deberíamos invertir mucho más en conseguir que las personas puedan permanecer en sus hogares con seguridad y una atención adecuada.

A veces hablamos de grandes inversiones cuando una parte de la solución puede empezar por algo tan sencillo como adaptar un baño, eliminar una barrera arquitectónica, instalar un dispositivo de aviso o disponer de ayuda profesional durante unas horas al día.

Impulsaría un programa de adaptación de viviendas y atención de proximidad, especialmente en los municipios rurales y en aquellas zonas donde acceder a determinados servicios resulta más complicado. Además de mejorar la vida de nuestros mayores, estaríamos generando actividad para pequeñas empresas canarias de construcción, instalaciones, equipamiento, tecnología y servicios.

Y aquí sí creo que la tecnología puede ayudarnos mucho.

Un sensor que detecta una caída, un sistema de teleasistencia o una herramienta que facilita la comunicación entre familiares y profesionales pueden marcar una enorme diferencia. Pero conviene no equivocarse. Una pantalla nunca sustituirá una conversación. Y un dispositivo electrónico no puede reemplazar el afecto ni el acompañamiento.

La tecnología debe servir para que las personas estén mejor atendidas, no para que estén más solas.

Me gustaría que midiéramos algo diferente

Estamos acostumbrados a evaluar los servicios sociales contando plazas, prestaciones, beneficiarios y presupuesto.Son datos necesarios.

Pero añadiría otros que nos permitirían entender mucho mejor el resultado de nuestras decisiones. ¿Cuántas personas han podido seguir viviendo en su casa gracias a la ayuda recibida?. ¿Cuántos familiares han evitado abandonar su empleo?. ¿Cuántas personas han recuperado parte de su jornada laboral porque ahora cuentan con atención profesional para sus padres?. ¿Cuántos cuidadores han conseguido descansar, recuperar tiempo para sus hijos o simplemente disponer de unas horas para sí mismos?

Y, naturalmente, ¿cuánto ha mejorado la calidad de vida de las personas atendidas?

No todo puede medirse en euros. Pero hay muchas cosas que deberíamos empezar a medir porque nos ayudarían a gastar mejor y a tomar mejores decisiones. De hecho, propondría que cualquier nuevo programa de cuidados financiado con fondos públicos incorporase indicadores sobre su impacto en la vida familiar y laboral. No solamente cuántas personas atendemos. También qué cambia en sus vidas y en las de quienes las rodean.

No olvidemos la soledad

Hay otra parte de esta historia que me preocupa especialmente. Podemos construir centros, contratar profesionales e incorporar las tecnologías más avanzadas. Pero nada de eso será suficiente si nuestros mayores terminan pasando buena parte de sus días solos. La soledad no se resuelve exclusivamente con un servicio asistencial.

También necesitamos barrios vivos, comercios de proximidad, asociaciones, actividades culturales, transporte accesible y lugares donde las personas mayores puedan seguir relacionándose y sintiéndose útiles.

Me gustaría que nuestras ciudades y pueblos pensaran mucho más en quienes envejecen. Que una persona mayor pueda salir a pasear, acudir a una actividad cultural, comprar el pan o encontrarse con sus amigos sin que cada desplazamiento se convierta en una dificultad.

Y que vivir en un municipio pequeño no signifique tener que abandonar el lugar donde has pasado toda tu vida cuando empiezas a necesitar ayuda. La economía de los cuidados también tiene que ver con esto.

Con conservar la vida de nuestros pueblos. Con mantener abiertas oportunidades de empleo en los barrios. Y con conseguir que nuestros mayores sigan formando parte activa de la sociedad.

Una propuesta para empezar mañana

No creo que necesitemos otra estrategia de doscientas páginas.

Empezaría con cuatro compromisos concretos para los próximos años: conocer las necesidades reales de cuidados en cada municipio; formar profesionales con oportunidades de empleo estables; ayudar a las empresas a facilitar la conciliación de quienes atienden a familiares dependientes; e impulsar servicios de proximidad y tecnologías que permitan a nuestros mayores conservar su autonomía. Y establecería objetivos públicos que podamos evaluar.

En 2030 deberíamos poder comprobar si hemos reducido las esperas, ampliado la atención domiciliaria, creado empleo de calidad y conseguido que menos personas tengan que abandonar su trabajo para cuidar. Son objetivos que afectan a las administraciones, pero también a las empresas y al conjunto de la sociedad.

Y, sobre todo, afectan a nuestro futuro. Porque dentro de unos años habrá muchas más familias enfrentándose a situaciones que hoy quizá nos parecen lejanas.

Hasta que dejan de serlo.

Al final, todos estamos hablando de lo mismo

A veces tengo la sensación de que dedicamos mucho tiempo a discutir qué economía queremos construir y bastante menos a preguntarnos para qué queremos construirla.Hablamos de crecimiento, competitividad, inversiones y empleo. Yo también lo hago, y creo que son cuestiones fundamentales.

Pero detrás de todos esos conceptos debería haber algo bastante sencillo: que las personas puedan vivir mejor. Que nuestros jóvenes encuentren oportunidades sin tener que marcharse. Que las familias puedan trabajar y desarrollar sus proyectos. Y que nuestros padres puedan envejecer con tranquilidad, acompañados y con la atención que necesitan.

Quizá una de las decisiones económicas más importantes que tomemos en Canarias durante los próximos años no tenga que ver con construir una gran infraestructura o atraer una inversión millonaria.

Quizá tenga que ver con conseguir que una hija no tenga que dejar su trabajo para cuidar de su madre. Que un padre pueda seguir viviendo en su casa. O que una persona mayor no pase sus últimos años sintiéndose sola.

Porque una sociedad que aspira a vivir más años también tiene que aprender a cuidar mejor.

Y porque, antes o después, todos terminaremos haciéndonos la misma pregunta:

¿Quién va a cuidar de quienes nos cuidaron?