Hay una escena que se repite cada vez más en nuestras ciudades y pueblos, aunque apenas le prestemos atención.
Una persona llega a casa después de trabajar. Abre la puerta, deja las llaves y enciende la luz. No hay nadie esperándola. Prepara algo de cenar, consulta el móvil y organiza lo que tiene que hacer al día siguiente.
Para muchas personas esa es una forma de vida elegida, perfectamente satisfactoria. Para otras, es el resultado de una separación, de la pérdida de su pareja, de la distancia de sus familiares o de unas circunstancias que nunca imaginaron.
No todas viven la soledad de la misma manera. Y conviene distinguirlo desde el principio: vivir solo no significa necesariamente sentirse solo. Pero hay algo que sí comparten. Su manera de consumir, organizarse, utilizar los servicios y relacionarse con su entorno es distinta de la de una familia de cuatro miembros. Y eso, multiplicado por cientos de miles de hogares, termina transformando una economía. Creo que en Canarias todavía no hemos prestado suficiente atención a este cambio.
Estamos acostumbrados a analizar nuestra economía a través del turismo, el empleo, la inflación, la vivienda o el crecimiento del PIB. Son indicadores fundamentales. Pero hay otra transformación, mucho más silenciosa, que está modificando la sociedad y que tendrá consecuencias importantes para las empresas y las administraciones. Cada vez habrá más hogares y, proporcionalmente, más personas viviendo solas.
Los datos del Instituto Nacional de Estadística ayudan a entender la dimensión del fenómeno. Sus últimas proyecciones indican que Canarias podría pasar de unos 871.000 hogares en 2026 a cerca de 971.000 en 2041. Es decir, aproximadamente 100.000 hogares adicionales en quince años.
Y mientras el número de hogares crece, su tamaño medio disminuye ligeramente. Los hogares de una sola persona pasarían de representar el 27,5 % al 28,9 % del total.
No estamos ante una predicción inevitable, sino ante una proyección basada en las tendencias demográficas actuales. Pero es suficientemente significativa como para empezar a pensar en sus consecuencias. Porque una economía con más hogares pequeños no funciona igual que otra organizada principalmente alrededor de familias numerosas.
La economía de vivir solo
Pensemos en algo tan cotidiano como hacer la compra. Una persona que vive sola no necesita las mismas cantidades de alimentos que una familia. Puede valorar más los envases pequeños, los productos fáciles de conservar, las entregas a domicilio o los servicios que le permitan ahorrar tiempo.
Lo mismo sucede con la vivienda. Un hogar unipersonal necesita su propio frigorífico, lavadora, conexión a internet, suministro eléctrico y equipamiento básico. Aunque su consumo total sea inferior al de una familia, muchos gastos fijos no se reducen proporcionalmente al número de residentes. Esto tiene una consecuencia económica importante: vivir solo puede resultar relativamente más caro.
El alquiler, la comunidad, los seguros, las telecomunicaciones o determinados suministros recaen sobre una única renta. Y en Canarias, donde el acceso a la vivienda ya representa una dificultad para muchas personas, esta realidad merece una atención especial.
No podemos seguir diseñando todas las respuestas pensando únicamente en el modelo tradicional de hogar.
Necesitamos viviendas de distintas dimensiones, fórmulas de convivencia voluntaria, servicios compartidos y soluciones que permitan a las personas vivir con independencia sin asumir costes desproporcionados.
Pero cuidado: tampoco se trata de concluir que la solución es construir viviendas cada vez más pequeñas. Una vivienda digna no se define únicamente por sus metros cuadrados. También necesita accesibilidad, ventilación, servicios próximos y condiciones adecuadas para vivir.
El desafío no es meter a más personas en menos espacio. Es adaptar nuestra oferta residencial a una sociedad que está cambiando.
Una oportunidad para las empresas que sepan mirar
Las transformaciones demográficas suelen presentarse como problemas. Y algunas de sus consecuencias ciertamente lo son. Pero también generan nuevas necesidades y oportunidades empresariales.
En Canarias podrían crecer los servicios de mantenimiento doméstico, la alimentación adaptada a hogares pequeños, las soluciones tecnológicas para la autonomía personal, los servicios de acompañamiento, la atención domiciliaria y determinadas actividades vinculadas al bienestar.
También cambiarán las necesidades de transporte, ocio, comercio y servicios financieros. No estoy hablando de inventar un nuevo sector económico alrededor de las personas que viven solas. Estoy hablando de comprender mejor cómo cambia la demanda.
Una empresa que vende exactamente lo mismo, de la misma manera y al mismo tipo de cliente que hace veinte años puede estar dejando de ver una parte creciente del mercado. Y esto afecta tanto a grandes compañías como a pequeñas empresas.
Un comercio de barrio puede adaptar sus productos y horarios. Una industria alimentaria puede desarrollar formatos más adecuados. Una empresa tecnológica puede ofrecer soluciones sencillas para facilitar la vida cotidiana. Una entidad financiera puede revisar sus servicios para clientes que toman decisiones económicas sin compartir ingresos ni gastos.
Lo importante es no confundir innovación con incorporar la última tecnología. A veces innovar consiste simplemente en observar cómo está cambiando la vida de las personas y responder mejor a sus necesidades.
El verdadero problema aparece cuando vivir solo significa estar aislado
Hay una cuestión que me preocupa especialmente. No todas las personas que viven solas necesitan ayuda, compañía o atención específica. Muchas disfrutan de su independencia y mantienen una vida social intensa. Pero otras pueden encontrarse en situaciones de vulnerabilidad.
Una persona mayor con dificultades de movilidad. Alguien que acaba de perder a su pareja. Un trabajador que se traslada de isla y carece de una red de apoyo. Una persona que enferma y no tiene a nadie cerca para ayudarla con las tareas más sencillas. En esos casos, la organización de nuestros barrios y servicios puede marcar una diferencia enorme.
Pensemos en la importancia de tener una farmacia cerca, una tienda de alimentación, transporte público accesible, un centro de salud o espacios donde encontrarse con otras personas.
Muchas veces hablamos de la ciudad inteligente imaginando sensores, aplicaciones y grandes plataformas digitales. Todo eso puede resultar útil.
Pero una ciudad verdaderamente inteligente también debería permitir que una persona mayor pueda comprar el pan, acudir al médico y mantener relaciones sociales sin depender permanentemente de un vehículo o de la ayuda de terceros.
Y aquí hay una reflexión económica que no deberíamos pasar por alto.
Cuando desaparecen determinados servicios de proximidad, el coste no desaparece. En ocasiones se traslada a las familias, a los servicios sociales o al sistema sanitario. No siempre resulta fácil cuantificarlo, pero sería un error pensar que las decisiones urbanísticas y comerciales no tienen consecuencias económicas y sociales. Un barrio que funciona también es una forma de infraestructura económica.
El envejecimiento es solo una parte de la historia
Cuando hablamos de personas que viven solas solemos imaginar a alguien mayor. Y, efectivamente, el envejecimiento de la población tendrá un papel importante en esta transformación. Pero el fenómeno es mucho más amplio.
Hay jóvenes que se independizan, personas separadas, profesionales que se desplazan por motivos laborales y ciudadanos que simplemente prefieren vivir solos. Las necesidades de cada grupo son diferentes.
Por eso creo que sería un error abordar esta cuestión únicamente desde los servicios sociales o las políticas de mayores. Estamos ante un cambio transversal que afecta a la vivienda, el urbanismo, la economía, el comercio, la movilidad y la prestación de servicios. También al empleo.
Porque una sociedad con más personas mayores viviendo de forma independiente necesitará profesionales preparados para prestar determinados servicios de atención, mantenimiento, asistencia y apoyo. Y eso exige organización, calidad y condiciones laborales adecuadas.
No podemos responder a un cambio demográfico de esta magnitud únicamente trasladando nuevas responsabilidades a las familias, que en muchos casos también tienen dificultades para conciliar sus propias obligaciones.
Lo que Canarias debería empezar a hacer
No creo que necesitemos otra gran estrategia llena de declaraciones generales. Sí necesitamos empezar a incorporar esta realidad a las decisiones económicas. Lo primero sería conocerla mejor.
No basta con saber cuántos hogares unipersonales existen en Canarias. Deberíamos analizar cómo se distribuyen por municipios, edades y niveles de renta, qué servicios tienen próximos y cuáles son sus principales dificultades.
No es lo mismo vivir solo en el centro de Santa Cruz o Las Palmas de Gran Canaria que hacerlo en una zona rural con escaso transporte público. Tampoco es lo mismo disponer de una pensión suficiente que dedicar la mayor parte de los ingresos al alquiler.
Con esa información podríamos orientar mejor las políticas de vivienda y de servicios de proximidad. También sería interesante impulsar proyectos piloto de viviendas con espacios y servicios compartidos, siempre desde la voluntariedad y respetando la independencia de sus residentes.
Y deberíamos facilitar que las empresas identifiquen oportunidades para desarrollar productos y servicios adaptados a hogares más pequeños. En este terreno, la colaboración entre administraciones, empresas, universidades y entidades sociales puede resultar especialmente útil.
Pero hay una medida que me parece fundamental: empezar a evaluar cómo afectan nuestras decisiones públicas a las personas que viven solas.
Cuando se modifica una línea de transporte, se reorganiza un servicio sanitario, se diseña un barrio o se planifica una promoción de viviendas, convendría preguntarse si estamos teniendo en cuenta esta realidad. No para establecer un trato privilegiado. Simplemente para no seguir tomando decisiones como si todos los hogares tuvieran la misma composición y las mismas posibilidades de apoyo.
Una transformación que no espera
Hay algo que resulta curioso. Cuando una empresa anuncia una gran inversión, cuando llega una nueva actividad económica o cuando se inaugura una infraestructura, solemos hablar de su impacto sobre el futuro de Canarias.
Sin embargo, una transformación que puede cambiar la forma de vivir de cientos de miles de personas apenas ocupa espacio en nuestra conversación económica. Quizá porque no tiene una fecha de inauguración. No aparece de repente. No necesita una gran obra. Va ocurriendo poco a poco, hogar a hogar, calle a calle, municipio a municipio.
Y cuando queramos darnos cuenta, habrá cambiado la demanda de vivienda, la estructura del consumo, las necesidades de atención y la manera en que utilizamos nuestras ciudades.
Canarias tiene la oportunidad de anticiparse.
No para decidir cómo deben vivir las personas, sino para facilitar que puedan hacerlo en buenas condiciones, cualquiera que sea el tipo de hogar que hayan elegido o que les haya tocado formar. Desde el punto de vista económico, eso significa comprender una demanda que está cambiando y desarrollar respuestas más eficientes.
Desde el punto de vista social, significa evitar que la independencia se convierta en aislamiento y que vivir solo termine siendo un lujo que demasiadas personas no pueden permitirse. Siempre hemos medido el desarrollo de Canarias por cuánto crece nuestra economía.
Quizá deberíamos empezar a preguntarnos también si estamos organizando esa economía para la sociedad que realmente vamos a tener. Porque el futuro no se decide únicamente en las grandes inversiones, los presupuestos o los indicadores macroeconómicos.
También se decide en algo tan sencillo como que una persona pueda cerrar la puerta de su casa, vivir de manera independiente y saber que, cuando lo necesite, tiene servicios, oportunidades y personas cerca.
Canarias está cambiando por dentro. Y sería un error esperar a que ese cambio sea evidente para empezar a prepararnos.
