El editorial del domingo en La Gaceta de Canarias: ‘Tristeza y desesperación’

Ha sido una semana muy intensa. Y muy dura. La muerte de Jesús de Miguel, después del tremendo impacto con el guardameta Jesús Owono, ha dejado al fútbol con el corazón encogido. Hay golpes que trascienden un partido y un escudo. Este nos ha atravesado a todos.

Las muestras de amor llegadas desde tantos rincones del mundo nos han recordado que seguimos siendo humanos. Que, por encima de las rivalidades y de las diferencias, somos capaces de acompañar el dolor de una familia a la que muchos ni siquiera conocemos. Esta semana, miles de personas han sentido a Jesús como alguien suyo.

Para su esposa, para su hija, para sus padres, para su hermana y para todos sus seres queridos, todos los besos del mundo. No hay palabras que reparen esa ausencia. No hay consuelo que alcance. Hay un abrazo inmenso de personas que quisieran aliviar, aunque fuera durante un instante, un sufrimiento imposible de imaginar.

El Heliodoro se ha convertido estos días en una oración por su alma y por su recuerdo. Las flores, las velas, las bufandas y los mensajes hablan de amor. Del que Jesús dejó y del que su gente le devuelve. Su nombre permanecerá en la memoria de una afición que hoy apenas encuentra fuerzas para pronunciarlo sin romperse.

Esta noche, el estadio tuvo el corazón de luto. Más de seis mil personas se reunieron en la misa y el acto de despedida para acompañar a Jesús y abrazar a los suyos. Allí estaban compañeros del fútbol y representantes de la sociedad civil, militar y política. Por encima de cargos, nombres y responsabilidades, había una comunidad herida. La tristeza y el dolor presidieron un Heliodoro destrozado, incapaz de encontrar consuelo entre sus propias gradas.

Y llegaron dos voces que terminaron de quebrar a quienes escuchaban: la del capitán, Enric Gallego, y la del presidente, Felipe Miñambres. Hablaron rotos y rompieron a los presentes. Hay despedidas para las que no existe una voz suficientemente firme. Cada palabra pesaba. Cada silencio llevaba el nombre de Jesús. En aquel campo acostumbrado a celebrar goles, miles de personas compartieron la impotencia de no poder devolverle la vida.

Cuando se apaguen los focos y las gradas vuelvan a quedarse vacías, seguirá faltando Jesús. Quedará ese hueco que ninguna victoria podrá llenar. Y deberá quedar también una obligación: hacer todo lo posible para que nunca vuelva a pasar.

Llegará el análisis. Habrá que estudiar la acción, reconstruir lo sucedido y examinar los protocolos, los medios y la coordinación de los profesionales que intervinieron. Con rigor y sin condenas anticipadas. También con la determinación necesaria para responder a todas las preguntas.

El respeto al dolor no puede convertirse en una excusa para dejar de esclarecer lo ocurrido. La familia merece respuestas fundadas y el fútbol necesita conocer qué puede aprender de esta tragedia. Hoy acompañamos a los suyos. Cuando lleguen las conclusiones, habrá que afrontarlas con responsabilidad.

Y hay una reflexión que tampoco podemos aplazar: nunca debe minimizarse la inversión en seguridad, atención sanitaria y servicios de emergencia. Demasiadas veces reducimos su valor a una partida del presupuesto. La vemos como un gasto, como una cantidad que se puede ajustar, hasta que pasa algo. Entonces comprendemos cuánto importan los medios, la preparación, la coordinación y cada segundo.

Esta vez, ese «algo» comenzó con el tremendo impacto con Owono que dejó a Jesús tendido sobre el césped. Determinar qué ocurrió después exige pruebas, rigor y respuestas. No podemos anticipar si hubo fallos ni cuáles pudieron ser. Pero sí debemos exigir que la protección de una vida ocupe siempre el lugar que merece en cada partido y en cada decisión.

El compromiso con la memoria de Jesús tendrá que seguir encendido cuando termine el homenaje. En la voluntad de esclarecer. En la obligación de aprender. En los recursos que se dediquen a cuidar a quienes saltan al campo. Porque el dolor de esta noche merece algo más duradero que nuestras palabras.

Mientras Tenerife llora, El Hierro y Lanzarote vuelven a mirar al mar con angustia.

Llegan los cayucos. Se suceden los rescates. Los equipos de atención trabajan y los vecinos expresan su preocupación. Canarias vuelve a sostener sobre sus muelles una responsabilidad que exige la intervención efectiva del Estado y de Europa.

Coalición Canaria reclama y vuelve a reclamar. El Gobierno de España anuncia actuaciones. El Partido Popular exige el despliegue de Frontex. Los discursos se cruzan mientras las embarcaciones siguen llegando.

La solidaridad de los canarios no puede servir para encubrir la insuficiencia de las respuestas políticas.

Las imágenes que acompañan hoy a este editorial son capturas de pantalla de los directos de Televisión Canaria desde el muelle de La Restinga, en El Hierro, durante las llegadas de los últimos días. En ellas aparecen jóvenes con ropa deportiva, auriculares y teléfonos móviles, algunos con una apariencia de encontrarse en buenas condiciones. Afortunadamente. Hemos visto demasiados cuerpos exhaustos y demasiadas vidas perdidas para no celebrar que alguien llegue caminando.

Estas imágenes también suscitan preguntas sobre los recorridos y las condiciones de los viajes. Pero el aspecto de una persona no permite conocer su estado médico, cuánto ha sufrido ni si ha recibido asistencia durante la travesía. Para averiguarlo hacen falta testimonios, datos e investigaciones.

Y ahí aparece una cuestión que merece una respuesta seria: ¿han recibido algunas de estas embarcaciones apoyo de otros barcos durante su recorrido?

No podemos afirmar que en estas llegadas hayan intervenido barcos nodriza. Pero una negativa categórica también necesita fundamento. Si una investigación permite descartar esa intervención en un caso concreto, que se explique hasta donde sea compatible con el trabajo policial. Si no se ha podido determinar, que se diga.

No haber localizado un barco de apoyo no demuestra que exista. Tampoco basta, por sí solo, para demostrar que nunca lo hubo.

La ciudadanía merece conocer qué se sabe, qué se ha descartado y qué sigue sin aclararse. No queremos que nos vendan una sospecha como un hecho. Tampoco que nos presenten como definitivamente resuelta una cuestión que todavía no lo está.

Pensemos en la dimensión de estas travesías. ¿Se subirían ustedes a una lancha de ocho metros, con otras siete personas y un motor de 200 caballos, para viajar desde Tenerife hasta El Hierro? ¿Asumirían el cansancio, el oleaje, la incertidumbre y el riesgo de una avería?

Imaginen ahora un recorrido desde Senegal o Gambia hasta Canarias, con más de mil kilómetros de océano por delante, según el punto de salida y de llegada. Jornadas enteras con decenas de personas hacinadas, expuestas al sol, a la humedad y a la falta de descanso.

Está demostrado que muchas personas han completado viajes así en condiciones precarias. Otras han muerto intentándolo. La dureza del trayecto no prueba la existencia de una nodriza. Sí justifica exigir que se reconstruyan las rutas y se investigue cualquier indicio de asistencia organizada.

¿Dónde cargaron el combustible? ¿Recibieron suministros durante el viaje? ¿Hubo transbordos? ¿Hubo algún remolque? ¿Qué medios se utilizan para detectar esas posibles operaciones? ¿Son suficientes? ¿Qué resultados ofrecen?

Son preguntas que deben responderse con investigaciones. Si faltan medios para resolverlas, la responsabilidad política consiste en proporcionarlos.

En Despierta Canarias hemos escuchado a un antiguo alto responsable de Frontex defender la importancia de esta herramienta y cuestionar el peso de las decisiones políticas en su funcionamiento. Ese debate merece explicaciones concretas: qué puede aportar la agencia, qué despliegue se solicita, quién debe autorizarlo y qué obstáculos impiden llevarlo a cabo.

Frontex no puede quedarse en una palabra que los partidos se arrojan mientras Canarias espera. Hay que explicar sus competencias, sus posibilidades y sus límites. Y asumir las responsabilidades que correspondan cuando los recursos necesarios no llegan.

También debemos preguntar si las redes aprovechan carencias de vigilancia y de coordinación. Si faltan recursos para localizar posibles apoyos en el mar. Y si se está haciendo todo lo necesario para identificar a quienes organizan las salidas y cobran por ellas.

Afirmar que alguien no quiere localizar esos barcos exigiría pruebas que no tenemos. Exigir que se investigue con todos los medios disponibles es una obligación política y periodística.

Queremos saber quién cobra, quién proporciona las embarcaciones y quién facilita cada salida. Cuántos responsables han sido identificados. Cuántas organizaciones han sido desarticuladas. Qué colaboración prestan los países de origen y tránsito. Qué está fallando y quién debe corregirlo.

El Hierro y Lanzarote necesitan recursos, coordinación y hechos. Las personas que llegan necesitan atención y protección. Y quienes hacen negocio con estos viajes deben encontrarse con una persecución policial eficaz.

Esta semana, el fútbol ha demostrado su capacidad para abrazar a una familia destrozada. En los muelles, Canarias sigue demostrando su capacidad para auxiliar a quienes llegan. Ambas expresiones de humanidad merecen instituciones que respondan con la misma entrega.

A Jesús, nuestro recuerdo. A su familia, todo nuestro cariño. A Canarias, los medios que necesita. Y a quienes gobiernan, respuestas con pruebas y decisiones con resultados.

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