En España llevamos años repitiendo el mismo mantra, “tenemos el consentimiento”. Formularios en colegios, casillas en actividades extraescolares, hojas de inscripción en campamentos, condiciones generales en centros de ocio, correos de confirmación de eventos familiares. Todo repleto de frases solemnes sobre “autorizo el uso de la imagen de mi hijo/a con fines educativos y de difusión de las actividades”. Sobre el papel, impecable. En la realidad, una farsa que hemos decidido aceptar entre todos.
No nos engañemos, en la mayoría de colegios, clubes deportivos, empresas de ocio y hasta instituciones públicas, el consentimiento para usar la imagen de menores no se está recabando correctamente. Y lo sabemos. Sabemos que son cláusulas genéricas, que nadie explica nada, que no se diferencia entre fines internos y promoción en redes, que se mete todo en la misma frase, que se firma por inercia, y aun así seguimos actuando como si esa firma lo justificara todo.
CONSENTIMIENTOS QUE VALEN PARA TODO… Y EN REALIDAD NO VALEN PARA NADA
La norma es clara, el consentimiento tiene que ser libre, específico e informado. No es un detalle técnico, es la base de la legitimidad del tratamiento. Sin embargo, ¿qué tenemos?, formularios de matrícula donde, en la última línea, se incluye una coletilla sobre “uso de imágenes con fines educativos y de comunicación”, sin separar canales, sin dar opciones, sin explicar riesgos, sin aclarar qué pasa si no se firma.
En la práctica, se busca un “sí” global que sirva para todo, web, redes sociales, folletos, vídeos promocionales, notas de prensa, alianzas con patrocinadores. Es más cómodo así. Un solo documento, una sola firma, cero preguntas incómodas. El problema es que eso no es un consentimiento válido, es un salvoconducto ficticio.
Y lo más grave, lo sabemos. Los centros lo saben, las empresas lo saben, muchos despachos lo saben, las administraciones lo saben. Pero el sistema funciona mientras nadie se queje. Hasta que un día alguien se queje, y entonces nos llevamos las manos a la cabeza fingiendo sorpresa, como si fuera un error aislado y no una práctica generalizada.
EL CHANTAJE SILENCIOSO, “SI NO FIRMA, SU HIJO SE QUEDA FUERA”
Hay otra verdad incómoda en demasiados sitios, la negativa a ceder la imagen del menor se vive como un problema. Se llega a insinuar, y a veces se dice abiertamente, que el niño o la niña no saldrá en la foto de grupo, que no aparecerá en la orla, que no estará en el vídeo de final de curso, que “se va a quedar apartado”.
Esto no es pedir consentimiento, es presionar. ¿De verdad podemos hablar de libertad cuando la alternativa es que tu hijo quede señalado o excluido?, es un chantaje silencioso y cobarde. Muchos padres y madres, firman no porque estén de acuerdo, sino porque no quieren que su hijo sufra las consecuencias sociales de decir “no”.
Si para obtener el consentimiento de una familia tenemos que hacerles sentir culpables o problemáticos, ese consentimiento está viciado. Jurídicamente es discutible, éticamente, es inaceptable.
PADRES, MADRES Y TUTORES. TAMBIÉN SOMOS PARTE DEL PROBLEMA
No podemos cargar toda la culpa en colegios y empresas. Hay que decirlo claramente, los propios padres y madres estamos contribuyendo a esta banalización del consentimiento.
Firmamos sin leer, nos tranquiliza ver el logo del colegio o del ayuntamiento y asumimos que “ya lo habrán mirado los juristas”. Compartimos fotos y vídeos de actividades donde salen otros menores sin haber preguntado a esas familias si quieren que sus hijos aparezcan en nuestros perfiles, en nuestros estados, en nuestros grupos masivos.
Nos indignamos, con razón, cuando vemos que una empresa explota la imagen de menores en una campaña agresiva, pero callamos cuando el problema está en nuestro propio centro educativo o en el club donde llevamos al niño a fútbol los sábados. No queremos ser “los pesados”. Preferimos la paz social a la protección real.
Pues bien, mientras sigamos así, el consentimiento seguirá siendo una coartada, no una garantía.
CENTROS Y EMPRESAS, NO ES DESCONOCIMIENTO, ES COMODIDAD
Otro mito que hay que desmontar, “no sabíamos que el consentimiento tenía que ser tan específico”. A estas alturas, es difícil creérselo. Hay guías, resoluciones, sanciones, ejemplos concretos. La información existe, lo que falta no es conocimiento, es voluntad.
¿Por qué se siguen usando formularios genéricos de derechos de imagen que pasan de centro en centro como plantillas de andar por casa? Porque da pereza revisar los procedimientos. Porque diferenciar finalidades complica la gestión. Porque ofrecer casillas separadas obliga a respetar distintos escenarios, un menor que sale solo en fotos internas, otro solo en web, otro en nada. Es más trabajo, menos fotos “útiles”, menos contenido para redes.
Seamos claros, detrás de muchos “errores” en materia de consentimiento hay decisiones deliberadas de priorizar la comodidad organizativa y el marketing sobre la protección efectiva de los menores.
ESTA BURBUJA VA A ESTALLAR
Seguimos actuando como si los formularios que archivamos fueran un escudo blindado, lo sentimos, no lo son. Un consentimiento genérico puede servir de poco cuando se demuestre que las familias nunca entendieron que la imagen de su hijo iba a circular por redes abiertas, ser reutilizada años después o acabar en canales que ni siquiera existían cuando firmaron.
Ya estamos viendo resoluciones donde se dice claramente:
- No todo consentimiento es válido.
- No todo lo que está firmado es legítimo.
- No todo lo que “se viene haciendo siempre” es aceptable cuando hablamos de menores.
El día que una familia decida ir hasta el final, y llegará, se pondrá de manifiesto lo que muchos ya sabemos, que hemos construido una cultura del consentimiento de cartón piedra.
¿QUÉ HACEMOS ENTONCES? DEJAR DE JUGAR A LA APARIENCIA
Si hablamos en serio de protección de menores, hay que dejar de maquillar la realidad. Algunas medidas mínimas, sin rodeos:
- Formularios radicalmente honestos, textos claros, breves, sin trampas y con opciones reales (“sí para esto, no para lo otro”).
- Separar finalidades, no mezclar en una frase “uso interno” con “difusión pública” y “promoción comercial”. Son cosas distintas y deben autorizarse por separado.
- Tolerancia cero con el chantaje social, ningún menor debe verse penalizado en su vida escolar, deportiva o social porque su familia decide no ceder su imagen.
- Revisión de lo ya hecho, no vale mirar solo hacia adelante, hay que revisar bancos de imágenes, webs, redes, canales de vídeo y dar vías reales para exigir la retirada.
- Autocrítica de las familias, dejar de compartir alegremente la imagen de menores ajenos, exigir información real en los centros y atreverse a decir “no” cuando algo no se ve claro.
Hablar de consentimiento para el uso de la imagen de menores no es rellenar un papel, es asumir una responsabilidad concreta cada vez que enfocamos una cámara y cada vez que pulsamos el botón de “publicar”.
Mientras sigamos llamando “consentimiento” a lo que en realidad es rutina, presión y desinformación, no estaremos protegiendo a los menores, estaremos protegiéndonos a nosotros mismos de reconocer que lo estamos haciendo mal.
Isaac Díaz
Procade