‘La nueva frontera de la inteligencia artificial: asistencia sí, sustitución no’, por Isaac Díaz

Ilustración: Peshkova

Cuando la máquina propone y el humano dispone. La inteligencia artificial ha entrado en la administración pública, entidades, empresas, despachos y oficinas casi sin pedir permiso. El reto ya no es usarla o no, sino decidir quién manda cuando la máquina habla.

 Escena y conflicto

La asesoría está a punto de cerrar cuando entra el correo de Hacienda. El responsable, cansado y con varios expedientes abiertos, copia el requerimiento en una herramienta de inteligencia artificial y escribe, «contesta como experto fiscal». En segundos, la pantalla se llena de argumentos, cifras y citas normativas que parecen impecables. El profesional duda solo un instante antes de pulsar «enviar». El verdadero conflicto no está en el algoritmo, sino en la decisión de confiar en él como si fuera un colega con criterio propio.

 La IA ya está en todas partes, aunque no siempre la veamos

Escenas como esta se repiten en despachos de abogados, asesorías, departamentos de recursos humanos, clínicas, administraciones públicas y empresas de todos los tamaños. La inteligencia artificial se ha convertido en una herramienta silenciosa para redactar correos, preparar borradores, clasificar currículums, responder consultas automáticas o generar informes a partir de datos dispersos. En muchos casos, el receptor, (clientes, juez, inspectoras) ni siquiera sabe que detrás de ese texto o de esa decisión hay un sistema automatizado sugiriendo contenidos.

Este uso masivo ha llegado antes que las reglas, solo ahora el Derecho comienza a poner orden, el Reglamento europeo de Inteligencia Artificial (Reglamento (UE) 2024/1689) y el reciente Proyecto de Ley Orgánica para el buen uso y la gobernanza de la IA en España, dibujan un mapa de obligaciones para proveedores y responsables del despliegue. La eficiencia ya no basta como argumento, la pregunta es qué condiciones debe cumplir ese uso para ser compatible con la ética profesional, la protección de datos y la confianza pública.

Asistencia frente a sustitución, la línea que no podemos cruzar

En la escena inicial, la diferencia entre usar la IA como herramienta de asistencia y delegarle el juicio profesional es tan fina como un clic. Si el asesor estudia el expediente, decide la estrategia, aporta los datos y la normativa, y utiliza la IA para ordenar el texto o generar un borrador que luego revisa con rigor, la máquina es un motor auxiliar que mejora la productividad sin sustituir al criterio humano.

Cuando, en cambio, el profesional se limita a copiar el requerimiento, pedir «responde tú» y aprobar sin verificar artículos ni cálculos, la IA pasa de asistente a sustituto. El riesgo no está solo en el error técnico, sino en la pérdida de autoría, ¿de quién es ese escrito?, ¿quién responde ante el cliente o la Administración si la cita normativa es inventada o la interpretación carece de base? El marco legal es claro, la máquina no tiene personalidad jurídica, responde quien firma, quien decide usarla y quien la integra en su flujo de trabajo.

Tres pilares para no perder el mando

Para evitar que la IA convierta al profesional en mero validador formal, proponemos tres pilares que pueden servir de brújula a cualquier organización.

  • Autoría humana: la IA es el pincel, no el artista. Es autor quien aporta lo esencial, ideas, selección de información, enfoque, y controla el resultado antes de publicarlo o enviarlo.
  • Transparencia cuando corresponde: no siempre hay que avisar de que se ha usado IA, igual que no se indica que se utilizó un corrector ortográfico, pero el Reglamento europeo obliga a informar cuando el contenido es sintético o cuando el usuario interactúa con un chatbot.
  • Protección de datos y confidencialidad: pegar contratos con datos personales, listados de empleados o información sensible en herramientas sin garantías es incompatible con la normativa de Protección de Datos y con el deber de secreto profesional, aquí la rapidez puede salir muy cara.

Estos pilares no son teoría abstracta, se traducen en políticas internas que limitan qué herramientas pueden usarse, para qué tareas y con qué tipo de datos, obligan a una revisión humana real y definen cuándo y cómo se informa al usuario de que la IA ha participado en el proceso.

Vuelta a la escena, el aprendizaje del protagonista

Volvamos al asesor del principio.

Imagínalo releyendo la respuesta que la máquina ha generado y detectando una cita normativa inexistente o un artículo derogado. El susto no es solo jurídico, es existencial. ¿En qué momento dejó de ser autor para convertirse en alguien que «supervisa por encima» lo que propone una herramienta cuya lógica interna no controla? Ese descubrimiento es el punto de inflexión narrativo y, en la práctica, el momento en que muchos profesionales deciden poner reglas donde antes había entusiasmo y urgencia.

A partir de ahí, el protagonista puede transformar la relación con la IA, reducir el volumen de datos sensibles que introduce, utilizar versiones profesionales con garantías contractuales, fijar un protocolo mínimo de verificación y asumir que la IA es un recurso para ganar tiempo, no una autoridad a la que se delega el juicio. La historia deja de ser un aviso apocalíptico para convertirse en una curva de aprendizaje, la máquina se queda, pero el mando vuelve al humano.

La inteligencia artificial no va a sustituir mañana a todos los profesionales, personas trabajadoras, etc., pero sí puede degradar su papel si la dejamos decidir sin supervisión. En un entorno saturado de respuestas rápidas y textos impecables, la diferencia competitiva no estará en quién usa más IA, sino en quién la integra con más sentido crítico, más ética y más respeto a los derechos de las personas.

Convertir la IA en herramienta de asistencia, y no en sustituto acrítico del juicio humano, es hoy una decisión de gobernanza tanto como de técnica. El Derecho ya ha empezado a describir lo que no se puede hacer, corresponde a cada entidad, despacho, empresa y administración decidir cómo quiere contar su propia historia con la IA, si como un relato de eficiencia sin responsabilidad o como una narración de profesionalidad reforzada por herramientas que, por muy brillantes que sean, siguen necesitando un autor que las dirija.