Anoche, la selección española de fútbol consiguió clasificarse para la final del Campeonato del Mundo. Un torneo que durante el último mes ha concentrado la atención de cientos de millones de personas en todo el planeta y que ha convertido al fútbol, una vez más, en uno de los mayores escaparates internacionales que existen. Y esto va mucho más allá del resultado de un partido.
Existen activos que no aparecen en los balances, ni en las estadísticas oficiales, pero que generan un enorme valor. Uno de ellos es la imagen de un país, la reputación, la confianza, la capacidad para proyectar una marca sólida y atractiva ante el resto del mundo.
Cuando un país organiza grandes acontecimientos o sus deportistas alcanzan el éxito internacional, se produce lo que se conoce como un efecto reputacional. Millones de personas asocian ese país con valores positivos como la organización, el talento, el esfuerzo, la innovación o la capacidad de trabajar en equipo. Esa percepción influye, muchas veces de forma inconsciente, en decisiones futuras de inversión, turismo, comercio e incluso de atracción de talento.
Por eso resulta tan difícil calcular económicamente cuánto vale que España dispute una final mundialista. No existe una cifra exacta, pero sí sabemos que el retorno es muy importante. La exposición mediática mundial equivale a campañas publicitarias cuyo coste sería prácticamente imposible de asumir por cualquier administración pública.
Además, dentro de apenas cuatro años, España será el principal país organizador del Mundial de 2030, junto a Portugal y Marruecos, con partidos inaugurales en varios países sudamericanos. Será uno de los mayores acontecimientos deportivos de la próxima década y una extraordinaria oportunidad para reforzar la imagen internacional de nuestro país.
Y aquí Canarias tiene mucho que decir. Gran Canaria será una de las sedes oficiales del Mundial y Tenerife también participará acogiendo actividades vinculadas al evento. Esto supone una magnífica oportunidad para proyectar al Archipiélago ante millones de personas de todos los continentes.
No debemos olvidar que Canarias es una economía profundamente abierta al exterior. Vivimos, en gran medida, de sectores como el turismo, el comercio internacional, el transporte, la conectividad y los servicios. Nuestra prosperidad depende, en buena medida, de cómo nos perciben quienes viven fuera de nuestras islas.
En economía existe un concepto muy conocido: la competitividad territorial. No solo compiten las empresas; también compiten las ciudades, las regiones y los países. Compiten por atraer turistas, inversiones, congresos, eventos deportivos, empresas y profesionales cualificados.
Y en esa competición global, la imagen importa. Mucho. Transmitir una Canarias moderna, segura, sostenible, bien organizada y capaz de albergar acontecimientos internacionales de primer nivel genera confianza. Y la confianza es uno de los principales motores de cualquier economía.
Cada persona que descubre nuestras islas gracias a un gran evento deportivo puede convertirse en un futuro visitante. Cada empresa que observa un territorio dinámico puede plantearse invertir. Cada retransmisión internacional constituye una ventana que ningún plan de promoción turística podría igualar por sí solo.
Por eso, independientemente de que a uno le guste más o menos el fútbol, conviene entender que estos acontecimientos tienen un impacto que trasciende lo deportivo. Son instrumentos de diplomacia económica, de promoción internacional y de generación de oportunidades.
España jugará una final mundialista. Ojalá consiga levantar el trofeo. Pero, incluso antes de que ruede el balón el próximo domingo, ya existe una victoria importante: la de seguir proyectando una imagen positiva de nuestro país en un mundo cada vez más competitivo.
Y para Canarias, cuya economía depende en gran medida de su proyección exterior, esa también es una excelente noticia. Porque, al final, la economía, igual que el deporte, también se juega en el terreno de la confianza, de la reputación y de la capacidad para ilusionar al mundo.
Jordi Bercedo
Economista