La píldora económica de Jordi Bercedo: «Todo subió por culpa del euro»

La entrada del euro en España marcó un antes y un después en nuestra economía. Han pasado ya más de dos décadas desde que dejamos atrás la peseta, pero todavía hoy seguimos escuchando una frase muy recurrente: “todo subió por culpa del euro”.

Y lo cierto es que parte de razón existe. Porque cuando comenzó la transición a la moneda única europea, muchos precios sufrieron redondeos al alza. Lo vimos en el café, en los bares, en pequeños servicios cotidianos o en determinados productos de consumo habitual. Lo que antes costaba 100 pesetas (veinte duros), pasó a costar un euro, cuando realmente un euro equivalía a 166 pesetas. Y eso generó una sensación de encarecimiento que quedó grabada en varias generaciones.

Pero también es importante separar percepción de realidad económica.

La subida de precios que vivimos hoy no puede explicarse únicamente por el euro. Actualmente la inflación responde a factores mucho más complejos: el aumento del coste de la energía, las tensiones geopolíticas internacionales, la subida de materias primas, los problemas logísticos globales y de manera muy notable al fuerte incremento del consumo tras la pandemia.

Y aquí aparece una cuestión muy interesante: aunque muchas personas culpan al euro de la pérdida de poder adquisitivo, probablemente si España siguiera utilizando la peseta nuestra situación económica sería bastante más delicada.

¿Por qué?

Porque pertenecer al euro nos aporta algo fundamental: estabilidad monetaria y financiera. Formar parte de la eurozona significa compartir una moneda fuerte y respaldada por economías muy potentes como Alemania, Francia u Holanda. Eso permite que España pueda financiarse a tipos de interés más razonables y evita situaciones de enorme vulnerabilidad financiera.

Con la peseta, en un contexto como el actual, seguramente habríamos sufrido fuertes devaluaciones de nuestra moneda. Y cuando una moneda se devalúa, importar productos se vuelve mucho más caro. Y España importa muchísima energía, combustibles, tecnología o materias primas. Es decir, probablemente tendríamos todavía más inflación de la que ya sufrimos actualmente.

Además, el euro también protege el ahorro. Una moneda débil provoca pérdida de valor del dinero, incertidumbre y menor confianza internacional. De hecho, muchos olvidan que durante décadas la economía española convivió con continuas devaluaciones de la peseta precisamente para intentar ganar competitividad.

El verdadero problema actual quizá no sea únicamente la moneda, sino nuestros hábitos económicos y sociales. Vivimos en una sociedad donde el consumo inmediato se ha convertido en norma. Cuesta ahorrar. Se financia prácticamente todo. Se prioriza el gasto presente frente a la planificación futura. Y eso ocurre incluso en un contexto donde la inflación sigue encareciendo el coste de vida mes tras mes.

Hoy muchas familias sienten que trabajan más, pero llegan menos a final de mes. Y eso genera frustración. Pero culpar exclusivamente al euro simplifica demasiado un problema mucho más profundo y estructural.

Porque la realidad es que el euro tiene defectos, por supuesto, pero también ha sido un escudo importante para la economía española en momentos muy complicados: crisis financieras, pandemia, inflación internacional o tensiones geopolíticas.

Quizá la gran reflexión económica de esta semana sea precisamente esa: el problema no siempre es la moneda que utilizamos, sino cómo gestionamos nuestro consumo, nuestro ahorro y nuestra capacidad de adaptación a un mundo cada vez más caro y más exigente económicamente.

Jordi Bercedo Toledo

Economista