«Lo que las islas que prosperan entendieron antes que nosotros», por Víctor Portugués

La geografía no es un destino

Hay una pregunta que no suele hacerse normalmente:: ¿por qué unas islas prosperan y otras no?

No es una pregunta retórica. Tiene respuestas concretas, respaldadas por décadas de evidencia económica. Y esas respuestas nos incomodan, porque demuestran que la geografía nunca fue la condena que a veces usamos como excusa.

Islandia es una isla de poco más de 300.000 habitantes, en el extremo norte del Atlántico, sin casi recursos agrícolas, con inviernos extremos y a horas de vuelo de sus socios comerciales. Hoy tiene una de las tasas de desempleo más bajas de Europa, una renta per cápita que supera a la española y una industria que transformó la energía geotérmica de su subsuelo en aluminio, en acuicultura tecnológica, en manufactura exportadora. No lo logró esperando. Lo logró decidiendo que producir era una prioridad nacional. No una aspiración. Una decisión. Y que los recursos que tiene debe explotarlos, sin problemas y generar riqueza y actividad económica en la isla.

Malta tiene 500.000 habitantes, menos superficie que Lanzarote y ningún recurso natural significativo. En los años noventa, cuando entró en la Unión Europea, era un territorio con una industria naval en declive y una economía frágil. Hoy es el estado miembro de la UE con mayor peso de la manufactura en proporción a su PIB entre las economías insulares del Mediterráneo. Lo consiguió con una política deliberada: atraer industria de valor añadido, formar técnicos, simplificar la burocracia y no rendirse al monocultivo del turismo como única salida.

Estos ejemplos no están aquí para avergonzar a nadie. Están aquí porque demuestran una cosa esencial: la insularidad no es incompatible con la industrialización. Es un condicionante. Hay que gestionarlo con inteligencia, con política económica deliberada y con la convicción de que producir en casa es siempre mejor que depender de lo que venga de fuera.

El precio real de no producir

Cuando hablamos de la dependencia exterior de Canarias, tendemos a citarla como dato estadístico y seguir adelante. Más del 85% de lo que consumimos viene de fuera. Es un número tan grande que acaba siendo invisible. Pero tiene un precio concreto que pagamos cada año, que no aparece en ninguna factura y que pocas veces se cuantifica.

Ese precio tiene tres componentes. El primero es económico: cada euro gastado en un producto importado es un euro que no circula en la economía canaria, que no genera empleo aquí, que no financia a un proveedor de aquí. En los archipiélagos del Caribe, donde la dependencia alimentaria supera el 60%, los economistas llevan décadas documentando cómo esa fuga de valor es el principal freno al desarrollo local. Canarias no está tan lejos de ese modelo.

El segundo componente es estratégico: un territorio que no produce es un territorio que no decide. Los precios los fijan otros. Los calendarios de suministro los fijan otros. Las condiciones de calidad las negocian otros. El empresario canario que depende de materias primas importadas lo sabe bien: cualquier trastorno en las cadenas globales de suministro, cualquier guerra en un continente lejano, cualquier huelga en un puerto europeo, le impacta directamente. Sin capacidad de producción propia, la resiliencia es una palabra vacía.

El tercer componente es el más ignorado: el coste medioambiental de la dependencia. Cada producto que se fabrica en Canarias evita miles de kilómetros de transporte. La industria canaria no contamina más que la continental; contamina menos, porque produce cerca de donde se consume. Si queremos medir con honestidad la huella ecológica del archipiélago, tenemos que incluir las emisiones de los barcos que traen lo que no producimos. Esa es la cuenta que nadie presenta.

La industria como infraestructura de país

Hay un error conceptual que cometemos con frecuencia cuando hablamos de industria. La tratamos como un sector económico más, como si fuera equivalente al comercio o la hostelería. No lo es. La industria es, antes que nada, una infraestructura de seguridad para el territorio. Al mismo nivel que las carreteras, los hospitales o el sistema educativo.

Ningún gobierno canario diría que los hospitales son prescindibles porque los servicios sanitarios se pueden importar. Ningún gobierno diría que las escuelas sobran porque la educación puede darse a distancia. Sin embargo, hemos aceptado durante décadas la idea implícita de que la producción industrial puede subcontratarse al continente. Que fabricar aquí es demasiado caro o complicado. Que es mejor comprar que producir.

La pandemia de 2020 demostró que cuando las cadenas globales fallan, quien tiene industria local sobrevive mejor. Las islas del Pacífico, sin capacidad productiva propia, vieron cómo los barcos tardaban meses. Canarias lo vivió de otra manera, porque aquí había fábricas de alimentación, de higiene, de materiales esenciales que no pararon. Esa no fue una casualidad. Fue el resultado de décadas de empresas que apostaron por producir aquí a pesar de todo.

Mantener esa capacidad productiva no es una cuestión de nostalgia industrial. Es una decisión de seguridad territorial. Y las decisiones de seguridad territorial no se toman en función de si son rentables a corto plazo. Se toman porque son imprescindibles a largo plazo.

El círculo virtuoso que todavía no hemos construido

Lo que más me llama la atención cuando comparo Canarias con otras islas europeas que han avanzado en industrialización no es la diferencia de recursos. Es la diferencia de coherencia entre las políticas. Madeira, que hoy tiene mejor desempeño económico que Canarias entre las regiones ultraperiféricas según los datos más recientes, ha construido un modelo donde los fondos europeos, la política fiscal, la formación profesional y la contratación pública apuntan en la misma dirección: fortalecer la producción local. Cada instrumento refuerza al siguiente. Es un círculo virtuoso.

En Canarias, en cambio, tenemos instrumentos potentes que funcionan en paralelo sin conectarse. Tenemos el AIEM, que compensa el sobrecoste productivo local. Tenemos la ZEC, que atrae actividad económica. Tenemos la RIC, que incentiva la inversión. Tenemos fondos FEDER. Tenemos una marca ‘Elaborado en Canarias’. Pero si la contratación pública no valora el producto local, si la formación profesional no se orienta a las necesidades reales de la industria, si el suelo industrial tarda cinco años en tramitarse, si la energía sigue siendo la más cara de España, cada instrumento compensa apenas su propia ineficiencia. No suman. No multiplican.

Lo que necesitamos en Canarias no es un instrumento nuevo. Es una política industrial de verdad: coherente, sostenida en el tiempo, que conecte todos los instrumentos disponibles hacia el mismo objetivo. Que los fondos europeos que se capturan se ejecuten. Que las ayudas al transporte cubran el coste real. Que la energía renovable llegue antes a los polígonos industriales. Que las administraciones que predican el valor de lo canario lo demuestren también cuando firman sus contratos.

Lo que Canarias debe celebrar en este 30 de mayo

El Día de Canarias es una fecha que debería hacernos pensar, más que celebrar. No porque no haya motivos para el orgullo, que los hay, sino porque el orgullo sin autocrítica es decorativo.

Hay algo que las islas que han prosperado industrialmente tienen en común: en algún momento decidieron que la geografía no era una excusa suficiente. Que ser una isla no implicaba resignarse a depender. Que producir era posible, aunque costase más. Y tomaron esa decisión con políticas concretas, con presupuestos reales, con años de persistencia.

Canarias tiene todos los elementos para tomar esa decisión. Tiene empresas con décadas de experiencia. Tiene personas cualificadas. Tiene instrumentos fiscales y europeos que pocas regiones del continente tienen. Tiene, sobre todo, el argumento más poderoso de todos: en un archipiélago a más de 2.000 kilómetros del continente, producir en casa no es un capricho ideológico. Es sentido común.

Lo tengo claro, tenemos que procurar que  el mensaje cale. La industria canaria no es un recuerdo del pasado. Es la garantía del futuro.

«Las islas que prosperaron no esperaron a que las condiciones fueran perfectas. Decidieron producir. Canarias puede hacer y debe hacer lo mismo”

Victor Portugues Carrillo

ECONOMISTA