Hay una frase que escuchamos cada vez con más frecuencia: todo está carísimo. Hacer la compra, llenar el depósito del coche, pagar la electricidad o salir a comer supone un esfuerzo económico cada vez mayor para todos.
Y la pregunta es inevitable: ¿por qué sigue pasando esto? ¿Tenemos que seguir culpando exclusivamente a las guerras y a la geopolítica o existen otros factores económicos que explican esta situación?
Lo primero que debemos entender es que cuando la inflación baja, los precios no es que bajen, sino que simplemente siguen subiendo, pero más despacio. Y esto es importante, porque llevamos años acumulando incrementos de precios que han reducido de forma notable la capacidad de compra de muchas familias, ya que, si los salarios no crecen al mismo ritmo, nuestro dinero pierde poder adquisitivo.
Es evidente que las guerras de Ucrania y de Oriente Medio, junto con las tensiones internacionales, influyen en el precio de la energía, los combustibles y las materias primas. Pero sería demasiado sencillo atribuirles toda la responsabilidad.
También debemos hablar de los costes de producción, del transporte, de la vivienda, de los márgenes empresariales y, especialmente, de un problema estructural europeo: la productividad.
La productividad consiste, básicamente, en producir más valor con los mismos recursos. Europa tiene dificultades para aumentar su productividad al ritmo de otras economías, y eso limita su capacidad para competir, invertir y generar crecimiento económico sostenible.
Si producir resulta más caro y no conseguimos mejorar nuestra eficiencia, mantener precios competitivos se convierte en una tarea mucho más difícil.
Otro factor relevante es la fiscalidad, especialmente en los combustibles. Los impuestos forman parte del precio que pagamos y, cuando aumenta el coste de transportar mercancías, ese encarecimiento puede trasladarse a los alimentos y a muchos otros productos. Ahora bien, no toda la subida se debe a los impuestos: también influyen el precio internacional del petróleo, el refino, la distribución y los márgenes comerciales.
En Canarias, además, tenemos una dificultad añadida: la insularidad. Dependemos del transporte marítimo y aéreo para abastecernos de numerosos productos y soportamos costes logísticos específicos. Por eso, los cambios en los precios de la energía y del transporte pueden repercutir en buena parte de nuestra economía.
¿Y qué podemos esperar de los próximos meses?
Nos acercamos a noviembre y diciembre, un periodo en el que aumenta tradicionalmente la demanda de determinados bienes y servicios, especialmente por las compras navideñas, los viajes, la restauración y las celebraciones. Esa mayor demanda puede presionar al alza algunos precios.
Por eso, además de seguir la evolución de la inflación, conviene que las familias planifiquen el gasto navideño y eviten que el consumo de estas semanas termine convirtiéndose en un problema financiero en enero.
A corto plazo, si la energía continúa encareciéndose, podemos sufrir nuevas presiones sobre los precios y una pérdida adicional de capacidad de compra. A medio plazo, el gran desafío para Europa, España y Canarias será mejorar la productividad, invertir en innovación y reducir vulnerabilidades energéticas y logísticas.
La conclusión es que no existe una única causa ni una solución sencilla. Necesitamos energía competitiva, empresas más eficientes, inversión y una fiscalidad que tenga en cuenta sus efectos sobre la actividad económica, sin olvidar la financiación de los servicios públicos.
Porque el verdadero reto no consiste solamente en conseguir que los precios suban menos. Consiste en que los salarios y la capacidad de compra de los ciudadanos permitan vivir mejor, y que nuestras empresas puedan competir, invertir y crear empleo sin que los costes se conviertan en un obstáculo permanente.
Ese es uno de los grandes desafíos económicos de Europa, de España y, con nuestras particularidades, también de Canarias.
Jordi Bercedo Toledo.
Economista.
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