El monólogo de Pepe Moreno: ‘Malos tiempos’

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Pepe Moreno, en el programa Políticamente Incorrecto.

Estos días hemos hablado del tiempo, por aquello de las temperaturas y de que los menores no han ido a clase el pasado martes en Fuerteventura y en nueve municipios de Gran Canaria. Y nos estamos acostumbrando a una moda que ya se ha impuesto: la formación telemática y los abuelos.

Unas veces porque hace mucho calor y otras veces porque la previsión de lluvia rompe los esquemas de lo que se puede aceptar, sin poner en riesgo la integridad de los estudiantes o de los maestros que imparten sus clases o de los padres que los llevan hasta el colegio. Lo cierto es que lo más fácil es decir “suspensión de la actividad lectiva” y mandar a todos para casa. Y probablemente sea lo más prudente cuando las circunstancias aconsejan no correr riesgos. Pero también deberíamos preguntarnos si no estamos empezando a asumir como normal que cualquier episodio meteorológico que se salga un poco de la rutina obligue a cerrar los colegios, como si nuestros centros educativos no tuvieran que estar preparados precisamente para las condiciones del territorio en el que están.

Y aquí aparece otra de esas contradicciones que tenemos en Tenerife: necesitamos adaptar nuestras ciudades y nuestras infraestructuras a unas condiciones climáticas cada vez más exigentes, pero cuando llega la hora de tocar el territorio, aparecen otros problemas, otras sensibilidades y, en ocasiones, otros enfrentamientos.

Ahí está, por ejemplo, el debate que vuelve a acompañar a las obras del tercer carril de la autopista del Norte. Un titular que vi decía: “La cara oculta del tercer carril de la TF-5 en Guamasa: decenas de árboles y palmeras, en riesgo de desaparecer”. Y no es un asunto menor. Porque también necesitamos carreteras que funcionen, menos atascos y mejores comunicaciones, pero al mismo tiempo hablamos de sombra, de vegetación, de adaptación al calor y de conservar aquello que precisamente ayuda a hacer más habitable nuestro territorio.

No soy partidario de que los ecologistas sean los amigos del no a todo, al desarrollismo; lo que pasa es que son demasiados los casos en los que la situación del medioambiente dice lo contrario.

Lo que cuesta algo más es explicar cuándo tendremos una carretera que funcione, un transporte público que sea una alternativa real o unos espacios públicos capaces de soportar las temperaturas que estamos teniendo. Para eso parece que en muchas ocasiones hay tiempo. Para lo otro, curiosamente, habitualmente hay una urgencia.

Hay que proteger el territorio, naturalmente. Pero protegerlo no significa congelarlo. Tenerife no puede convertirse en un museo en el que todo aquello que existe hoy tenga que permanecer exactamente igual para siempre, mientras la población crece, las necesidades cambian y las infraestructuras se quedan atrás. También hay que proteger al ciudadano de la falta de soluciones, de los sobrecostes y de unas decisiones públicas que, muchas veces, parecen medir con lupa el impacto de una obra y con mucha menos precisión el coste de no hacerla.

El pasado sábado, 19 de septiembre, se cumplieron cinco años de aquella erupción volcánica que cambió para siempre la vida de La Palma y que, hasta entonces, era un fenómeno inédito en suelo español. Cinco años. En las fotografías oficiales seguimos viendo autoridades, visitas, reuniones y compromisos. Quedan todavía algunas gentes que viven en unos contenedores y casas prefabricadas y mucha gente que aún no han cobrado. Y ese es el problema, que cinco años después hay palmeros que todavía no tienen una casa a la que llamar suya.

Y aquí es donde las palabras empiezan a quedarse cortas. Las autoridades han ido, han venido, han visitado, han anunciado y han vuelto a anunciar. Pero la pregunta sigue siendo exactamente la misma: ¿cuándo tendrán una vivienda quienes la perdieron?

Cinco años pueden ser una cifra para una administración, un aniversario para un ministro o una efeméride para los medios de comunicación, pero es mucho para seguir esperando.

Para seguir con La Palma, no podemos olvidarnos de esa otra noticia que decía adiós al gran Telescopio de 30 metros y que supone, al menos ahora, una decepción para La Palma y para Canarias. Habíamos depositado muchas esperanzas y millones de euros en una candidatura que fue ganando consistencia durante los últimos años, hasta el punto de que llegó a parecer posible que uno de los proyectos científicos más ambiciosos de nuestro tiempo terminara instalándose en las cumbres palmeras.

Decía ayer La Gaceta de Canarias que “La ciencia nunca se detiene. Siempre existe una pregunta más difícil, un horizonte más lejano y un desafío más ambicioso. Pocas disciplinas expresan esta realidad de una manera tan evidente como la investigación del universo, cuya inmensidad continúa fascinándonos y seguirá haciéndolo durante generaciones. La Palma tiene derecho a sentir hoy la decepción. Pero Canarias no ha perdido su lugar entre los grandes territorios de la astrofísica mundial. La carrera científica continúa. Y debemos estar preparados para afrontar, de la mano del Instituto de Astrofísica de Canarias, el próximo gran reto”. Y es eso un paso hacia atrás y ya veremos los que damos adelante.

Acabo. Lo que vimos el sábado del CD Tenerife nos lleva a pensar si estamos ante un representativo al que ya le han cogido el truco o si nuestro equipo sabe lo que tiene que hacer. El sábado perdimos 5 a 0 frente al Castellón y echamos de menos a Enric Gallego; ¿quién lo iba a decir? Perdimos y bien. ¿Será este el club que veremos muchas veces?

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