Occidente cada vez está peor. Presume de libertades hasta que alguien amenaza con cerrar la caja. Entonces se encoge la valentía, se guardan los principios y comienza la carrera para pedir perdón.
Mbappé bromea con un montaje en el que aparece su cara sobre la de un «dictador chino» y se desata el terremoto. Se suspenden retransmisiones, se rompen acuerdos comerciales y aparecen las disculpas. Las del futbolista y las de Tebas.
Tiemblan los millones.
Y cuando tiemblan los millones, al fútbol español le entra diarrea. LaLiga se caga por las patas abajo. El miedo recorre los despachos y amenaza el negocio del Real Madrid y el escaparate de España. De repente, todo el mundo encuentra las palabras adecuadas para evitar que se enfade quien paga.
A mí me parece muy bien que China salga a defender a Mao Tse-tung, padre de su revolución y figura fundacional del régimen que ha desembocado en ese peculiar comunismo capitalista. Defienden sus símbolos, su relato y sus intereses. Podemos discutirlos, pero tienen clarísimo qué quieren proteger.
Lo que me parece lamentable es nuestra facilidad para agachar la cabeza. Aquí somos muy valientes hasta que peligra un contrato. Entonces llamar dictador a un dictador se convierte en una inconveniencia comercial.
Respetar al pueblo chino no obliga a venerar a Mao. Los ciudadanos de un país son mucho más que sus gobernantes y sus monumentos. Pero cuando hay dinero sobre la mesa, esa distinción empieza a resultar incómoda.
Y mientras fuera medimos cada palabra para no molestar al poder, dentro parecemos incapaces de defender unas reglas comunes.
Tampoco me parece bien que una acampada pueda tener en vilo a la capital y condicionar su montaje navideño. Porque la Navidad también es economía. Son comercios, restaurantes, hoteles, proveedores, transportistas y trabajadores que esperan esas semanas para sacar adelante sus cuentas.
Detrás de las luces hay nóminas. Detrás de los puestos hay familias. Detrás de cada preparativo hay alguien trabajando.
Manifestarse es un derecho. Convertir ese derecho en una ocupación sin límite, dejando al resto pendiente de lo que decidan unos cuantos, merece una respuesta de las instituciones. El vecino, el comerciante y el trabajador también cuentan. Pagan impuestos y tienen derecho a utilizar su ciudad.
Con los destrozos ocurre lo mismo. Una causa, por justa que se considere, no concede permiso para reventar el escaparate de otro. Y una democracia debe poder exigir responsabilidades, con pruebas y penas proporcionadas, sin pedir perdón por proteger la propiedad y la convivencia.
Eso es lo que estamos perdiendo: el convencimiento para defender nuestras propias reglas.
China protege sus intereses con una contundencia que provoca temblores a miles de kilómetros. Aquí calculamos cuánto cuesta mantener una opinión y cuánto desgaste supone hacer cumplir una norma.
Después nos llenaremos la boca de democracia, libertad y valores.
Pero una democracia necesita algo más que discursos: necesita instituciones que respondan y ciudadanos cuyos derechos no dependan de quién grite más.
Porque cuando el dinero decide lo que podemos decir y la presión decide lo que podemos hacer, la libertad empieza a quedarse sin sitio.
Y a Occidente le sigue entrando diarrea. ¡Oriente, manda y cada día más!
