Arranco este cuaderno de campaña con tres apuntes. Habrá tiempo de comprobar cuáles envejecen bien y cuáles conviene olvidar discretamente. Cuarenta días, en unas elecciones como estas, dan para equivocarse unas cuantas veces.
La IA entra en campaña. El primero tiene que ver con la inteligencia artificial, que se nos ha sentado en la mesa de campaña con toda naturalidad. Ya nos habíamos acostumbrado a las imágenes fabricadas para ridiculizar al adversario o sembrar confusión, esa vieja aliada de quienes prefieren que el elector no distinga demasiado bien lo que está viendo. Ahora llega otra aplicación, más entretenida y con apariencia de mayor fundamento: interpretar encuestas. Uno toma los datos de un sondeo, se los entrega a una de estas herramientas y le pide que le diga qué va a pasar. O qué podría pasar. O qué tendría que pasar para que sucediera lo que uno desea. La diferencia entre las tres preguntas es considerable, aunque sospecho que no siempre se explica al compartir la respuesta. A partir, sobre todo, de los datos del CIS, proliferan las proyecciones de profesionales de la estadística, comunicadores y aficionados de procedencias diversas. Algunas tendrán mucho trabajo detrás. Otras, bastante menos. Todas encuentran su público. Hay algo pegadizo en esa posibilidad de disponer de un pronóstico propio, con sus porcentajes y su reparto de escaños. La tradicional conversación sobre quién va a ganar incorpora ahora un informe que parece saberlo. Me interesa observar cuánto hay ahí de cálculo y cuánto de deseo. El tiempo permitirá distinguirlos, aunque para entonces estaremos ocupados interpretando el resultado. De momento, incluso entre quienes consideran favorito al PP empieza a admitirse que la disputa por la primera posición puede estar más abierta de lo previsto. La fortaleza de Vox complica las cuentas de Feijóo: que crezca la derecha no significa necesariamente que crezca el Partido Popular. Y quedar primero tampoco resuelve por sí solo una investidura. Son dos carreras distintas, aunque durante la campaña se hable de ellas como si fueran la misma. Pedro Sánchez necesita convencer de que todavía puede ganar. Alberto Núñez Feijóo necesita que la expectativa de victoria no alimente a un competidor al que, además, podría acabar necesitando para gobernar. Abascal tiene motivos para sentirse cómodo en esa contradicción.
El riesgo de quemarse en las urnas. El segundo apunte es canario y tiene que ver con quienes no estarán en las papeletas. En las conversaciones previas sobre las candidaturas circularon nombres conocidos: Ángel Víctor Torres, en Las Palmas; Patricia Hernández y Luis Yeray Gutiérrez, en Tenerife; José Manuel Bermúdez como posible número dos de Coalición Canaria al Congreso. La confección de las listas ha seguido otros caminos. Y creo que la cercanía de las elecciones autonómicas y locales explica en parte esas decisiones. Entre unas generales a finales de noviembre y unas en casa el último domingo de mayo transcurren apenas seis meses. Muy poco tiempo para recuperarse de un mal resultado. También para explicar que aquel resultado no tenía nada que ver con uno. Un alcalde puede estar razonablemente satisfecho de su posición en su municipio y, al mismo tiempo, tener pocas ganas de comprobar cuánto vale su nombre en unas generales. La papeleta es otra, la conversación es otra y la polarización estatal puede llevarse por delante matices que en las elecciones locales sí cuentan. Es lógico, por tanto, que quienes tienen por delante una candidatura importante en 2027 prefieran administrar su capital político. Con una sonora excepción. En la provincia de Las Palmas, sin embargo, la competencia entre los espacios nacionalistas obliga a otra lógica. Teodoro Sosa (Primero Canarias-CC) y Luis Campos (Unidad del Pueblo Canario) representan las mejores bazas de sus respectivas organizaciones en el escenario que tienen delante. Si el escaño se decide por pocos votos, reservarse demasiado puede equivaler a perderlo. Ahí toca poner los nombres con mayor capacidad de arrastre. Me parece una buena muestra de cómo una misma convocatoria puede aconsejar cosas distintas. En unos casos interesa proteger a los candidatos para mayo. En otros, llegar a esa cita exige antes salir vivo de noviembre.
Todo por un beso. El tercer apunte vuelve a Madrid. Tanta innovación tecnológica y, al final, seguimos hablando de un beso y de una firma. El beso de Pedro Sánchez a Begoña Gómez en un mitin del PSOE ha servido para que cada cual encuentre la comparación que más le conviene. Los Kirchner, si se trata de cargar las tintas. Los Obama, si se busca celebrar la imagen. El repertorio de parejas políticas es amplio y permite escoger con bastante comodidad. El amor puntúa. O, al menos, quienes organizan campañas llevan décadas trabajando con esa convicción. La imagen del matrimonio unido ante la adversidad tiene una eficacia que no necesita grandes explicaciones. Sánchez la ha incorporado a su campaña en pleno conflicto judicial alrededor de su esposa. En su descargo diré que no fue él quien empezó a convertir a Begoña Gómez en un sujeto político. Que ahora aproveche esa exposición para construir un relato de afecto y resistencia entra dentro de lo previsible. Sus adversarios pueden reprocharle el uso electoral de la escena, pero difícilmente sorprenderse. Alberto Núñez Feijóo, por su parte, ofrece una relación contractual. Ha presentado sus compromisos con España bajo la fórmula de un contrato: una manera de pedir confianza a través de obligaciones que se compromete a cumplir. El líder del PP se parece tanto a Mariano Rajoy en algunas cosas que casi resulta familiar verlo en ese papel. Sánchez pide complicidad; Feijóo ofrece garantías. Uno busca que el elector se identifique con lo que siente. El otro, que confíe en lo que hará. No hay demasiada originalidad en la fórmula del candidato popular, pero tampoco creo que él la persiga. Busca proyectar confianza y solidez desde esa posición de favorito que, en campaña, puede volverse tan incómoda. Me quedo con una curiosidad para las próximas entregas: cuánto tardarán los intérpretes de encuestas en explicarnos, siempre, con ayuda de la inteligencia artificial, cuántos escaños vale un beso.
