Las candidaturas nos cuentan cosas de los partidos. A veces, más de lo que sus dirigentes quisieran. Quién repite, quién cambia de Cámara, quién se queda fuera y quién prefiere esperar a otra convocatoria permiten hacerse una idea de cómo afronta cada organización unas elecciones. Las listas son también un estado de ánimo.
Los nombres y el ruido. En Canarias tenemos estos días una combinación de continuidad y cambios que merece algún comentario. Casi todo tiene un análisis, aunque las explicaciones oficiales acostumbren a parecerse mucho: los mejores candidatos, los mejores equipos, las mejores condiciones para defender a los ciudadanos. Todavía no he conocido a un partido que anuncie una candidatura “regular”, confeccionada “como se ha podido”. Sería toda una novedad.
Coalición Canaria vuelve a confiar en Cristina Valido por Santa Cruz de Tenerife. Tiene lógica. La diputada ha trabajado su posición, ha ganado visibilidad y dispone de un nivel de conocimiento que sería absurdo desaprovechar. En una campaña tan polarizada como la que tenemos por delante, bastante cuesta hacerse escuchar como para empezar de nuevo con alguien a quien haya que presentar. Por Las Palmas, Teodoro Sosa, líder de hecho de Primero Canarias, encabeza la apuesta de la alianza nacionalista. En una provincia toca conquistar un escaño; en la otra, conservarlo. En cualquier caso, se trata de dos tareas exigentes que aconsejan poner en la papeleta nombres reconocibles.
El PSOE, que necesita remontar las expectativas con las que comienza esta carrera, combina renovación y continuidad. José Antonio Valbuena y Marta Arocha encabezan la candidatura por Santa Cruz de Tenerife; Dolores Corujo y Luc André Diouf repiten al frente de la de Las Palmas.
La ausencia de Ángel Víctor Torres de esa primera línea electoral me debe leerse también en términos de administración del riesgo. Hay convocatorias en las que un dirigente considera que tiene más a perder que a ganar. Y unas generales de resultado incierto, con las autonómicas a seis meses de distancia, invitan a hacer esas cuentas prudentes.
Lo más interesante, a mi juicio, ocurre en el Partido Popular. El PP canario cambia de caras en ambas provincias y mueve también sus candidaturas al Senado. Sergio Ramos regresa a la primera línea como cabeza de lista al Congreso por Las Palmas (una buena noticia saber que ha superado sus problemas de salud), mientras Gustavo González de Vega encabeza, esta vez sí, la de Santa Cruz de Tenerife. Ese afán renovador me recuerda un poco a Los juegos del hambre, por fortuna en una versión mucho más civilizada. Nadie parece tener garantizado el puesto. Siempre hay una nueva combinación posible, una incorporación que promete mejores resultados, una razón para que el siguiente intento lo protagonice otro. Este desenlace me hace pensar, en lo tocante a la provincia oriental, que José Manuel Soria sigue influyendo en el PP.
La renovación tiene buena prensa. Suena a energía, a ambición y a capacidad para reconocer que las cosas pueden hacerse de otra manera. El problema aparece cuando se convierte en una costumbre que impide consolidarse a nadie. Construir un dirigente lleva tiempo. Hace falta que los ciudadanos lo conozcan, que le atribuyan un trabajo y que sepan distinguirlo del logotipo que lo acompaña. También hace falta permitirle atravesar algún periodo menos brillante sin concluir inmediatamente que la solución consiste en sustituirlo. En sentido opuesto, la continuidad excesiva produce cansancio. Pero el cambio permanente puede producir irrelevancia. Entre ambos extremos hay un trabajo bastante menos vistoso: formar cuadros, darles responsabilidades y sostenerlos el tiempo suficiente para que lleguen a tener una voz propia.
Me pregunto cuánto de eso consigue el PP canario con esta sucesión de relevos. El 29 de noviembre tendremos una primera respuesta electoral, aunque el resultado tampoco resolverá todas las dudas. Una buena ola a nivel nacional puede llevar al Congreso a candidatos muy distintos. Y una mala puede arrastrar a personas que han hecho bien su trabajo.
Milei, ángel y demonio. Mientras tanto, Vox demuestra hasta qué punto una marca nacional puede reducir la importancia de los nombres locales, porque nadie pregunta por ellos. Para alimentar la conversación ya dispone de otros protagonistas. Algunos llegan de bastante lejos. El presidente argentino vino a Madrid y entró en la campaña española con su repertorio habitual de descalificaciones. Llamó a Pedro Sánchez “impresentable dictador” (Trump y Netanyahu son, sin embargo, demócratas intachables, vivir para ver) y habló de sacar a los socialistas “a patadas”. Sánchez encontró enseguida la manera de incorporar la visita a su propio discurso electoral. Me cuesta imaginar que en el PSOE haya recibido la visita como una mala noticia. Un adversario extranjero que insulta al presidente del Gobierno y se presenta como referencia de sus competidores ofrece, si lo hace de un modo tan grosero y desaliñado (porque Milei lo es), un material de campaña aprovechable. Hay ocasiones en las que el trabajo te lo hacen desde fuera, y el menú que ha servido Milei en Madrid es para el PSOE una ración de dulce de leche.
Vox también sale beneficiado. Milei contribuye a dar dimensión internacional a su discurso, confirma sus afinidades y ocupa el espacio público con un lenguaje que sus seguidores reconocen. No necesita pedir expresamente el voto para ayudar a situar los asuntos y el tono que convienen a Abascal. El problema vuelve a quedárselo el PP. Si se acerca, facilita a Sánchez la identificación entre todas las derechas. Si se distancia, abre otro frente con Vox y con quienes consideran al argentino un modelo. Isabel Díaz Ayuso, que esa va por libre siempre, no mostró demasiadas dudas sobre la conveniencia de recibirlo.
Más allá de su controvertido programa económico, lo que me resulta rechazable de Milei es su manera de entender la relación con quienes discrepan. La grosería, la descalificación y la intolerancia no son detalles decorativos que puedan apartarse para discutir después lo importante. También definen una forma de ejercer el poder. Se puede defender una transformación profunda de la economía, combatir al socialismo o reclamar menos Estado sin convertir al adversario en alguien a quien hay que expulsar de la conversación. Ese mínimo civilizatorio debería exigirse a cualquier gobernante, sea cual sea su ideología. Lo que define a Milei, al final, es su nula relación con cualquier forma de humanismo. Será por eso por lo que ha puesto precio a la ciudadanía de su país, de modo que si pagas una cantidad elevada (350.000 dólares) recibes como premio un pasaporte que te permite adquirir tierras sin freno. Argentina es ahora mismo un país en venta y cuando todo se puede comprar y vender ya no estamos hablando de democracia, sino de otra cosa.
