Impasible al desaliento, el Gobierno canario sigue aprovechando la cuenta atrás electoral para intentar mejorar la nota final de la Agenda Canaria. Mientras unos preparan la despedida del Ejecutivo de Pedro Sánchez y otros se prueban el traje de ministro, Fernando Clavijo insiste en que todavía quedan asuntos pendientes y tiempo para resolverlos.
Hasta el último minuto. La de Clavijo parece una decisión razonable. Las elecciones generales no deberían convertir estas semanas en un periodo inútil para la gestión, por mucho que cualquier acuerdo vaya a leerse también como movimiento de campaña. Si hay una oportunidad de obtener algo concreto para las Islas, conviene aprovecharla. Después ya discutiremos a quién corresponde ponerse la medalla electoral.
La Agenda Canaria ha sido un artefacto político construido con bastante astucia. Permitió a Coalición Canaria explicar su apoyo a la investidura de Pedro Sánchez mediante una relación de compromisos que podían presentarse, al menos sobre el papel, como un contrato verificable. El problema de los contratos políticos llega cuando toca comprobar qué se ha cumplido, qué está a medias y qué sigue pendiente de una reunión. Si tuviera que ponerle una nota provisional, la situaría alrededor del aprobado. Quizá las expectativas iniciales fueron demasiado optimistas. Quizá se transmitió una capacidad de influencia superior a la que podía proporcionar un solo escaño, y además no decisivo, en el pleno del Congreso. También cabe recordar que negociar con el Estado exige una paciencia que rara vez encaja con el entusiasmo de las presentaciones.
La participación de Canarias en la gestión de sus aeropuertos podría mejorar ese balance. Hay una reunión prevista para el próximo día 29 con el propósito de constituir el órgano bilateral que debe dar cauce a esa participación. Habrá que ver qué se firma y, sobre todo, qué capacidad efectiva de intervención proporciona este nuevo escenario. Porque una cosa es disponer de un lugar donde escuchar decisiones y otra tener la capacidad de influir en ellas. O de frenarlas, como con la subida de tasas aéreas. La diferencia importa bastante cuando hablamos de las principales puertas de entrada y salida de un archipiélago. La reivindicación viene de lejos y tiene respaldo estatutario. El Gobierno canario reclama el cumplimiento del artículo 161 del Estatuto de Autonomía de Canarias, que desde el año 2018 sirve de fundamento a esta negociación. AENA ha sido un adversario formidable de cualquier intento de compartir decisiones, y el Ministerio de Transportes ha mostrado más disposición a defender el modelo de la empresa mixta que a explorar sus posibilidades de adaptación a la singularidad canaria. Si finalmente se consigue una participación con contenido, habrá que reconocer el avance. Incluso aunque llegue en el último momento.
Otra cosa es discernir cómo interpreta el elector esta última ronda negociadora. Coalición Canaria transita por ese sendero complicado que consiste en mantener relaciones con las dos grandes organizaciones estatales mientras ambas se disputan el Gobierno. Negocia con quien ocupa la Moncloa y procura conservar su capacidad de interlocución con quien aspira a entrar en ella. Esa flexibilidad constituye parte esencial de su propuesta política, lo que por otra parte obliga a dar bastantes explicaciones. Para unos será una lección de pragmatismo. Para otros, una equidistancia difícil de aceptar en unas elecciones que se plantean como una elección tajante entre dos bloques. No tengo claro qué lectura acabará imponiéndose. Tampoco que sea idéntica en ambas provincias.
Marruecos y la campaña. Porque quien tiene una necesidad mayor de arriesgar es Teodoro Sosa. En la provincia de Las Palmas los nacionalistas no defienden escaño, tienen que conquistarlo, y para conseguirlo necesitan que su candidatura se escuche en medio de una conversación dominada por Sánchez, Feijóo y Abascal. En el caso de Sosa, su condición de alcalde de Gáldar y su proyección en la política insular le proporcionan una base. Convertirla en votos al Congreso exige algo más. El líder de Primero Canarias parece haber elegido contar los argumentos del nacionalismo canario con unos decibelios adicionales. Y ha encontrado en Marruecos un adversario de considerable utilidad.
La comparación entre las inversiones hidráulicas que esperan las Islas y el respaldo del Gobierno español a las actuaciones en infraestructuras análogas de Marruecos tiene fuerza comunicativa. El propio Sosa la ha utilizado para denunciar que se financien desaladoras en el país vecino mientras Canarias sigue reclamando inversiones para las suyas. El mensaje se entiende enseguida: aquí tenemos necesidades sin atender y el Estado encuentra recursos para ayudar al vecino. Marruecos aparece como competidor, como vecino poco fiable y como destinatario de una atención del Ejecutivo español que se considera excesiva. La jugada tiene audacia. También encierra un riesgo. Porque cuando uno elige la confrontación, casi siempre aparece alguien dispuesto a ir un poco más lejos. Con Marruecos, ese alguien está perfectamente identificado. Si la propuesta de Sosa acaba reducida a quién es capaz de darle más leña al país vecino, Vox juega con ventaja. Tiene menos reparos, más costumbre y además dispone de un público que reconoce ese discurso como propio. En una competición de dureza verbal con Marruecos, Vox siempre puede subir la apuesta. Por eso no estoy seguro de que al nacionalismo canario le convenga medir su firmeza con esa vara. Ya saben lo que se dice siempre en campaña sobre votar al original o a su fotocopia.
Un amigo que conoce bien las aguas del nacionalismo grancanario me ofrece, sin embargo, otra lectura. Precisamente porque existe Vox, me dice, hace falta que otros ocupen ese espacio desde posiciones democráticas, civilizadas y firmes. Que la exigencia hacia Marruecos no quede en exclusiva en manos de quienes convierten cualquier discrepancia en una invitación a la bronca. El argumento merece atención. Tener una relación de vecindad obliga a entenderse, pero también permite exigir reciprocidad y defender los intereses propios. La cuestión está en cómo se construye esa firmeza y sobre todo en cómo se explica. Sosa tendrá que conseguir que sus propuestas pesen tanto como sus reproches. Si solo queda el volumen, el elector puede encontrar una oferta todavía más ruidosa. Anoto las dos posibilidades sin decidirme todavía por ninguna. Puede ser una forma de disputar a Vox un terreno que no conviene entregarle sin lucha. También puede acabar reforzando una conversación en la que la ultraderecha se mueve con comodidad.
